Estos días me estoy convirtiendo
en el poema “Erase una vez una mujer pegada al teléfono”.
He hablado con almendrita. Está
entusiasmada. Su aventura como emprendedora ha empezado: tiene el local
alquilado, y lo más importante, la ilusión cabalgando dentro de ella. El nombre
también lo tiene. Tan sólo le faltan mirar las cosas aburridas de los adultos:
los papeles. Y es que esas cosas cansan mucho, es como si tuvieras una carrera que
ir saltando un sinfín de vallas de
obstáculos, o como en los videojuegos, saltando de pantalla en pantalla.
Por suerte, si tienes un sueño,
eso es lo de menos. Porque si es un sueño de los de verdad verdadera, le planta
cara a los problemas, y a la vida.
Ojala le vaya bien.
También he hablado con mi amigo
berlinés. Viene a España para ver a su mamá. Ha tenido una embolia en el pulmón
así que los médicos le han tenido que extirpar uno. Ahora ella ya está en casa,
contenta de estar viva, feliz de poderlo explicar.
Tengo ganas de verla. Y de verle
a él. Esta semana lo hago.
Y también, hoy he hablado con tu
madre. Me ha llamado esta mañana. Entre nosotras existe la costumbre de
llamarnos por la tarde. Cuestión de tarifas, y de dinero.
Cuando he visto su número en la
pantalla me he puesto en lo peor, y que algo te había pasado. Por suerte no ha
sido así.
Enseguida la he llamado para ver
qué tal, y ver qué sucedía. “Nada”, me ha dicho. Y en ese nada, he podido
identificar alegría. Me ha gustado escucharla, y escucharnos hablar de manera
distendida. Sin apuros. Sin agobios. Sin miedos. Siendo nosotras.
Después he escuchado el mensaje
que me había dejado en el contestador. Me decía:
“Hola mapa… que te quiero y quiero que seas feliz”.
Yo a ella también la quiero.
Y a ti también J.
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