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Carta a J. (IX)


Querida J.

Acabo de terminar la PAC de organizaciones. Estoy satisfecha.

Aquí en Salou, ahora mismo esta lloviendo. Cuatro gotas, pero si llovieran ocho gotas, entonces Salou se convertiría en Venecia, y todo el mundo sacaría sus barcas en las carreteras para poder ir a comprar el pan.

También sucede que el pueblo se divide en dos: Salou de abajo, y Salou de arriba, como el anuncio de Fairy. Porque cuando llueven ocho gotas la vía del tren que pasa por el centro del pueblo, se llena tanto y tanto, que ni los coches, ni las barcas se atreven a pasar por medio a quedarse varados.

Salou es un pueblo pequeño. Diminuto. Donde todas las caras tienen nombre, aunque últimamente la cosa esta cambiando por eso del babyboom. Lo bonito de Salou es que aún perdura la tradición de pedir huevos al vecino, o si te falta una pizquita de sal al guiso. Le picas a la puerta, y te lo da encantado. O por ejemplo, cuando hay un nacimiento, todos los vecinos de nuestra comunidad, van a visitarlo.

Después en verano la cosa cambia, y triplicamos la población. O más. Los coches no caben en las calles. Para poder aparcar el coche, puedes necesitar más de 45 minutos, dando vueltas y más vueltas. Es una odisea que te hace enfadar más y más, a medida que va avanzando el reloj. Y es que aquí en verano, vienen millones de guiris a la playa. Guiris que se tumban al sol, y se convierten en gambas, aunque la verdad, son poco apetecibles de comer. A mí por lo menos, no me gustan nada. Mi amiga Lorena y yo les llamamos los “pinkies”.

Y ahora J. te voy a dejar. Después te sigo escribiendo. Oigo el ruido de la puerta. Viene alguien. 

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