Querida J.
Acabo de terminar la PAC de
organizaciones. Estoy satisfecha.
Aquí en Salou, ahora mismo esta
lloviendo. Cuatro gotas, pero si llovieran ocho gotas, entonces Salou se convertiría
en Venecia, y todo el mundo sacaría sus barcas en las carreteras para poder ir
a comprar el pan.
También sucede que el pueblo se
divide en dos: Salou de abajo, y Salou de arriba, como el anuncio de Fairy.
Porque cuando llueven ocho gotas la vía del tren que pasa por el centro del
pueblo, se llena tanto y tanto, que ni los coches, ni las barcas se atreven a
pasar por medio a quedarse varados.
Salou es un pueblo pequeño.
Diminuto. Donde todas las caras tienen nombre, aunque últimamente la cosa esta cambiando
por eso del babyboom. Lo bonito de Salou es que aún perdura la tradición de
pedir huevos al vecino, o si te falta una pizquita de sal al guiso. Le picas a
la puerta, y te lo da encantado. O por ejemplo, cuando hay un nacimiento, todos
los vecinos de nuestra comunidad, van a visitarlo.
Después en verano la cosa cambia,
y triplicamos la población. O más. Los coches no caben en las calles. Para
poder aparcar el coche, puedes necesitar más de 45 minutos, dando vueltas y más
vueltas. Es una odisea que te hace enfadar más y más, a medida que va avanzando
el reloj. Y es que aquí en verano, vienen millones de guiris a la playa. Guiris
que se tumban al sol, y se convierten en gambas, aunque la verdad, son poco
apetecibles de comer. A mí por lo menos, no me gustan nada. Mi amiga Lorena y
yo les llamamos los “pinkies”.
Y ahora J. te voy a dejar.
Después te sigo escribiendo. Oigo el ruido de la puerta. Viene alguien.
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