Encierro palabras en mi pecho. Las escondo en mis manos. Entre mis dientes. Debajo de mis parpados. No quiero que nadie las vea. No quiero que los demás las juzguen. Son mías y me pertenecen. Son mías y no se las entrego a nadie. Porque son mis palabras. Palabras tiernas, y dulces. Palabras clandestinas. Y prohibidas. Y crudas. Palabras vedadas a los ojos de los extraños, a las miradas escrutadoras e incisivas de lo ajeno, y lo extranjero. Esas palabras me corren por dentro, como corre el sudor por la frente. Esas palabras son mi hilera de hormigas incesante. Duermen y explotan en mi. Son palabras que no cuentan nada. Que no hablan. Que no dicen nada. Porque son las NO-palabras. Las palabras que no tienen palabras. Las innombrables.
Estoy enfermera señor, enferma. Deliro constantemente. Permanentemente pensando en los cuerpos que chocan, en jadeos, y en pechos sonrosados. Dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera, dentro de ti… Y en una mano que se hunde, que me atraviesa, y me traspasa, como una espada. Y en la aureola de tu vientre. ¡Ay señor! ¡La violencia del amor se ha desatado! ¡Ay señor! ¡El zarpazo del amor me ha alcanzado! Y mira mis manos, aquí te las enseño, y te las entrego. En ellas esta el olor de las prisas, y de las flores que se rompen y estallan. Perdóname señor, por haber atracado su enigma. Pero ahora por favor, ayúdame,¡ayúdame!, y calma mi sed. Y domestica mi amor. Pues no tengo fuerzas suficientes, señor para aguantarlo, para sostener a este monstruo llamado AMOR. Arráncalo de mí. Quítalo de mí. Y corta su recuerdo. Señor, yo sólo quiero ser libre.
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