Encierro palabras en mi pecho. Las escondo en mis manos. Entre mis dientes. Debajo de mis parpados. No quiero que nadie las vea. No quiero que los demás las juzguen. Son mías y me pertenecen. Son mías y no se las entrego a nadie. Porque son mis palabras. Palabras tiernas, y dulces. Palabras clandestinas. Y prohibidas. Y crudas. Palabras vedadas a los ojos de los extraños, a las miradas escrutadoras e incisivas de lo ajeno, y lo extranjero. Esas palabras me corren por dentro, como corre el sudor por la frente. Esas palabras son mi hilera de hormigas incesante. Duermen y explotan en mi. Son palabras que no cuentan nada. Que no hablan. Que no dicen nada. Porque son las NO-palabras. Las palabras que no tienen palabras. Las innombrables.
Que llegue la noche, que llegue la noche… que su manto oscuro me proteja, Que su luna blanca amanse mis fieras, y mis aullidos de pena que ya no quiero pensarla, ni desearla. Que ya… Que ya me cansé de amarla.
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