Encierro palabras en mi pecho. Las escondo en mis manos. Entre mis dientes. Debajo de mis parpados. No quiero que nadie las vea. No quiero que los demás las juzguen. Son mías y me pertenecen. Son mías y no se las entrego a nadie. Porque son mis palabras. Palabras tiernas, y dulces. Palabras clandestinas. Y prohibidas. Y crudas. Palabras vedadas a los ojos de los extraños, a las miradas escrutadoras e incisivas de lo ajeno, y lo extranjero. Esas palabras me corren por dentro, como corre el sudor por la frente. Esas palabras son mi hilera de hormigas incesante. Duermen y explotan en mi. Son palabras que no cuentan nada. Que no hablan. Que no dicen nada. Porque son las NO-palabras. Las palabras que no tienen palabras. Las innombrables.
Me desvanezco en la nada. No tengo historias. Las palabras han emigrado. Las ideas se han quedado afónicas. No puedo hacer que estalle la primavera en las letras. Nada. Tan sólo goteo rabia. No quiero a nadie. A nadie. Tengo todos los sentidos muertos. Pervertida en la demolición. Sulfatada en la inclemencia de la atrocidad. Me atraganto de tanta maldad. El inferno crece en mí. Me recreo en la inmundicia. Me revuelco en el estiércol. Tan sólo me salen exabruptos de ácido sulfúrico. Tengo la sangre empapada de cólera. Y sucia. Es la mía una sangre que se levanta, que se pone en pie de tanta rabia condensada. Tengo demasiado ruido dentro, tanto que no puedo pensar. Camino y camino y no se hace el futuro. Camino y no me alejo de ésta náusea que me acecha. Soy el lirismo de las babas. Un deseo putrefacto. Tengo el corazón incendiado. Necesito silencio. Necesito una isla. Hoy van a estallar los cohetes. Y yo quiero estallar con ellos. Ser pólvora. Y nada más.
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