Buscaba. Y buscaba. Buscaba la nada. Un catalejo. Un cuerpo. Un ruido. O una sensación. Buscaba sin cesar, con la voluntad inquebrantable de un atleta olímpico. Buscaba ahogándose en su desidia. Tenía los ojos ensangrentados de tanta búsqueda. Buscaba en los periódicos. En los canales de la T.V. En los libros descatalogados de las bibliotecas. Buscaba su salvación. Y su suerte. Pero la grieta continuaba. La grieta su fractura, su hendidura, su herida más profunda, el lugar por donde huían los pedazos de su alma, el tiempo y la distancia. Y su vida cayéndose por ahí, por el hueco. Descompuesta. Desordenada. Mustia. Y nauseabunda.
¿Cómo cerrarla? ¿Cómo meter todos esos fines de semana dentro, podridos y carcomidos por las horas muertas?
Rendirse. Morir. O sobrevivir. No ve más opciones. No hay más alternativas. La incertidumbre le daña los ojos. Le hiere las manos.
La incertidumbre no seca. La incertidumbre es un precipicio, un breve instante relleno de calaveras de suspiros.
Después la nada.
Después volver a empezar.
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