¿Se puede aprender a querer? No. Rotundamente no.
Se hace o no se hace. Se quiere o no se quiere. Pero no se aprende. No se estudia en las escuelas, ni en las universidades más avanzadas, ni mucho menos en las noches de discoteca.
Y entonces...
Y entonces...
Cuando no puedas arrancarte su nombre de tu mente, cuando no puedas deshacerte de su piel, cuando lo único que quieras es ser esclava de su mano caliente, y estar subyugada a sus aullidos, cuando todos los trenes te lleven al túnel de sus piernas, entonces, entonces estarás queriendo.
Pero cuando pienses en cómo sería dormir con ella todos los días, estarás perdido.
Entonces, ya no hay vuelta atrás.
Entonces aparece el miedo. Un miedo de ataúdes negros y esquirlas blancas. Un miedo que convierte los ojos en llanto.
Un miedo de relojes y puertas sin respuestas. Porque el miedo es tiempo. Porque el tiempo avanza sigilosamente por la piel, y encharca los pulmones de dudas, de enigmas y misterios, y ahoga y aprieta pero él continúa avanzando, galopando por los tic tac, tan deprisa, con tanta fuerza como si te pudiera romper las costillas.
Porque el tiempo se consume, se desgasta, se acaba.
Un escalofrío recorre mi espalda, maldito océano de incertidumbre.
Hoy yo sólo quiero aporrear una de esas malditas puertas, derribarla, tirarla abajo, y ver que todavía estás, que continuas ahí, al otro lado. A mi lado.
Porque hoy tengo miedo. Miedo de perderte. Miedo a que caigas de repente por un hueco, por un agujero, por una cueva, y no estés.
Miedo a que desaparezcas.
Miedo a abrir la puerta que no es, la puerta equivocada.
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y aparecerás en la isla mágica
la isla al revés
y te darán la mano