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Mi enfermedad...

Victoria enfermó. Poco a poco y lentamente. Y lo hizo sin tan siquiera darse cuenta. Sin tener conciencia de lo que le estaba sucediendo.

Sus días se asomaban al mundo repitiéndose en su propio automatismo: virgen, blanco, triunfante y lleno de posibilidades.

Pero todo cambio cuando llego ella. Y sucedió que ese ELLA tan habitual que poblaba sus cuadernos, dejó de ser ELLA, para ser nombre.

La fue habitando poco a poco. Por dentro. Y por toda la planicie de su piel. Con palabras, con su voz. Con los destellos de su inocencia recuperada, y de esas ganas suyas de creer en las cosas por las que antes, en un tiempo ya antiguo, te habrías dejado matar.

Primero las cartas. Después las canciones secretas. Y todo era un juego. Demasiado fácil. Demasiado sencillo. No había nada que ganar. Ni tampoco que perder.

Sólo había huecos para estar desnudas. A la intemperie. Nuestra fragilidad era un bumeran. No había miedos. Éramos animales, con nuestras virtudes, y defectos, sucias, impuras, o limpias. Que más daba, eso. Estábamos allí. Era nuestro lugar para ser perfectas: nosotras mismas.En la NADA.

Después la verdad. El roce. Y el cuerpo.

Y el miedo. El miedo que aparece. El miedo plomizo que hace caer nuestras palabras hacía adentro.

El miedo y el secreto. Unidos. Atados. Encadenados por la misma miseria: ser débiles, ser abandonados… Acallar para que no nos sepan vulnerables, que no reconozcan nuestras paranoias, y nuestros pensamientos obsesivos.

Ser. Y no ser. No ser nada.

Y siento que me estoy atascando, que todo esto es otra historia, y que ahora toca ahorrármela. Quiero ser concisa y precisa.

Decía que Victoria está enferma. Gravemente enferma. Al principio de todo era una mera participante más del juego. Al principio sentía tener el control de la situación, pero el deseo es impredecible.

Y surgió, y ella se escurrió por dentro, albergando todos los intersticios de su piel. Y si quitáramos el barniz, si despejáramos todos los rugidos, y las lindes que cubren la boca y el cuerpo de Victoria, tan sólo tendríamos un corazón galopando al rojo vivo.

Porque le gusta. Porque la quiere. Así, sin más palabras.

A veces empezamos diciendo playa, y seguimos hablando, diciendo: Playa-bata-bata-cata-cama. Y llegamos al lugar. Pero nos hemos enredado. Hemos hecho un ovillo con nuestras palabras. Desde el principio del viaje de las palabras que salen de nuestra boca, saben su verdadero destino. El destino deseado era CAMA, pero construimos murallas y barreras. ¿por qué escondemos el deseo? ¿por qué no disparamos al corazón?

No lo sé….

No lo sé enana…

Solo sé que me has llovido por dentro. Y estoy inundada de ti.

Por eso, ahora estoy más enferma.

Mis huesos también son agua.

Comentarios

Ico ha dicho que…
El amor como enfermedad y el medicamento que sólo se encuentra en la propia enfermedad.. curioso
Kika Fumero ha dicho que…
Ay, el amor...Enfermedad sin la que no podríamos sentirnos sanas! Un abrazo, Victoria.
Anónimo ha dicho que…
es muy curioso...la misma vulnerabilidad que te atrae a los otros, que te hace quererles desearles... de pronto se vuelve losa, algo pesado que esconder...

algo no funciona en ese razonamiento

voy a cerrar los ojos, retroceder y llegar al momento en el que se etiquetó mal la realidad...

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