Pobre Victoria, podría escribir ahora mismo una retahíla de versos edulcorados, incoloros y rancios, pero es un arte que rehúye.
Años atrás lo hubiera hecho. Cultivo ese arte. Envolver la vida con papeles relucientes e impolutos, lijar palabras para que se tornen tan finas y se quede sólo el aire, o cultivar el verbo para que broten dulces caléndulas y violetas, es un oficio que deshecha, y destierra.
Porque eso es mentira. Y demasiado fácil.
Lo difícil es dejar a la intemperie los sentimientos. Rasurados.
Lo difícil es hacerles el boca a boca, darles vida, que crezcan, que se dilatan y se expandan por todo el abrigo de tu dermis.
Lo difícil es ponerles una voz. Incrustarles una palabra, una simple partícula que contenga el rugido y la furia.
Las palabras son fugitivas. Se escapan. Se caen. Tropiezan unas con las otras. Son vallas, piedras, o cárceles.
Y mentira.
Por eso es mejor callar. Por eso es mejor el silencio.
Allí, donde no existe la desdicha. Ni olvido.
El breve hueco donde la belleza es permanente.
Comentarios
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es necesario sacarlo fuera, para que no quede dentro.