La suerte es poliédrica. Tiene aristas fuera de control. A veces te rapta, y te aplasta el dolor. A veces, huye por el río, por el torrente abajo, y es imposible controlarla. A veces te coge desprevenida, por banda, y ya no te suelta, y es un adiós que nunca se acaba, que reluce como una navaja de un bandolero.
La suerte es una limusina en Nueva York.
Pero en la nieve no se puede utilizar. Porque la nieve sólo esconde verdad y abismo, y belleza de carne desplomada.
Y tú la invocaste, jinete ingenuo, y pueril.
Pero los tambores dejaron de sonar, y las trompetas cesaron su canción.
La suerte se cansó, y se despistó.
Porque en la nieve no se puede disimular.
Y el jinete perdió. Perdió su ciudad por un gemido.
Y ya es tarde, demasiado tarde para la clemencia y la piedad.
No hay vuelta atrás.
Ahora sólo quedan unos ojos desabrochados, atravesados por la luz, surcando la hierba.
Esperando otra despedida,
En esa secreta, ciudad perdida.
La suerte es una limusina en Nueva York.
Pero en la nieve no se puede utilizar. Porque la nieve sólo esconde verdad y abismo, y belleza de carne desplomada.
Y tú la invocaste, jinete ingenuo, y pueril.
Pero los tambores dejaron de sonar, y las trompetas cesaron su canción.
La suerte se cansó, y se despistó.
Porque en la nieve no se puede disimular.
Y el jinete perdió. Perdió su ciudad por un gemido.
Y ya es tarde, demasiado tarde para la clemencia y la piedad.
No hay vuelta atrás.
Ahora sólo quedan unos ojos desabrochados, atravesados por la luz, surcando la hierba.
Esperando otra despedida,
En esa secreta, ciudad perdida.
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