Hay días, como hoy, que es mejor quedarse en casa, quedarse encerrada estrangulada por los recuerdos. Mejor quedarse en casa, y morirse en casa. Llorar en casa, y deformarte en casa. Esculpir el horror con tus manos, en tu propia casa.
No me puedo apartar de mi misma. No puedo saltarme. Huirme.
No puedo arrojarme al vacío, porque yo soy el vacío.
La energía nuclear ha galopado por mis entrañas devastándolo todo. Quemándome entera.
Y entonces, entonces… ¿quién soy?
El sollozo denso y abrupto, el caimán del fascismo.
La soledad más pura. Y la imperfección.
La imperfección es viscosa y se ríe de mí. A carcajadas. Es esta una imperfección que duele. Porque la imperfección es la oración del demonio, y el aguijón del fracaso.
Y la imperfección duele. La imperfección que no mengua y crece sin tregua.
Porque ayer perdí mis guantes rojos en un cóctel.
Ya no me queda nada. Ya no tengo nada.
Sólo mi desnudez.
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