Otra vez esta soledad que me ahoga y me asfixia como el pañuelo rojo de claveles y perros verdes. Y el silencio de caracoles y viento dormido, entre árboles, carcome mi carne. Acorralada entre cervezas y Lucky Strike, voy naufragando en mi propia tempestad.
Soy una furia desamparada. La cólera de la muerte inesperada.
Necesito algo nuevo. Una nueva voz. Un rumbo. O lo que sea. Ni levantarme antes que nazca el día, me destierra de esta estrella tan blanca y fría en la que vivo. Insensible. Sólo un pulpo con ojos y piel. Espasmódicamente yerma.
Afuera, en la calle, el sol miente. El sol es atrezzo. No calienta. No quema. No arde. Es invierno. Y el invierno lo convierte en rumor. Murmullo de monedas de oro que caen en nuestras cabezas acompañando nuestros gestos.
Las parejas abren la boca y se besan. Las parejas felices se tocan.
Y yo, imberbe de cuerpos desnudos y del eco que gestan.
Las parejas se suben al coche y tocan la bocina del automóvil para despejar a la multitud, a los otros, al resto, a todo lo que no sea ellos.
Después la noche. Sólo la noche...
Y la nieve que cae. Esa nieve que tiembla.
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