Otra vez esta maldita página en blanco, y el abismo seco que me invade, y me acecha, y después esa angustia blanda que me corroe por dentro, ante este vacío inexpugnable. Y es que tengo seca la imaginación, dormida la ideas y las palabras ni tan siquiera me brotan. Porque no tengo ojos, sino un cuenco de silencio, sal y soledad. Soy un desierto. La oquedad me asesina, y no entiende de súplicas.
Y es que tengo que entregar el 28 de junio mi próxima novela, y no sé ni tan siquiera cómo lo voy hacer. No me sale nada. Ninguna historia interesante o meramente soportable. Nada. Y así cada noche.
Cada noche me siento delante de esa miserable libreta, de esta puta libreta que me espera desafiante, y de manera imponente enseñándome toda su virginidad, mostrándome toda su pureza con la vana esperanza que penetre mi bolígrafo en sus entrañas, que le ofrezca mi tinta para que empiecen a nacer palabras, y que se vayan reproduciendo, multiplicándose entre ellas, y así crear una novela, esa novela que no me sale, y me desborda.
Me siento perdida. Mi yo escritor me ha abandonado. ¿Quién soy? Ahora mismo: soy la nada. La senda de un perdedor, y un yonki del fracaso.
Y es que si por lo menos me saliera algo, aunque después fuera una fatalidad, y una desgracia, al ensuciar mi nombre y mi reputación, aunque mi sello de “gran escritor” volará por los aires, y mi novela no estuviera en los top-ten de los más vendidos, me da igual.
Tan sólo quiero escribir. Profanar esta estepa blanca que incendia mis ojos.
Es que por lo menos Leo Macías, la chica de “La Flor de mi secreto”, aunque tuviera que escribir novela rosa, ella que había sido contratada para escribir historias de amor, resulta que por lo menos, escribía: novela negra. Pero escribía. Algo. Y escribir algo es ya mucho.
Algo siempre es mejor que yo. Yo soy nada.
Y lo he probado todo. Absolutamente todo, para que me nazca esa endemoniada novela.
He tomado psicotrópicos. LSD. Marihuana. Cristal. Coca. Cualquier sustancia que estuviera en el mercado y llevará dentro de sí la promesa de remover y agitar mis sentidos, que sacudiera estas malditas neuronas mías para empezaran derramar alguna historia de amor o de muerte, era una posibilidad, un quizás, un paso más para alejarme de esta blancura hiriente, tan sólida, y a la par tan ridícula.
También he viajado, practicado el budismo, e incluso me he dejado sodomizar.
Pero nada. Mientras tanto, el silencio me acaricia, se desliza dentro de mí y me ahoga. Me asesina lentamente. El blanco me domina. El blanco me aplasta. El blanco me mata…
Y…
Se mató. Por una libreta en blanco. Y la libreta blanca dejó de ser blanca, y fue roja. Por un disparo.
Y es que tengo que entregar el 28 de junio mi próxima novela, y no sé ni tan siquiera cómo lo voy hacer. No me sale nada. Ninguna historia interesante o meramente soportable. Nada. Y así cada noche.
Cada noche me siento delante de esa miserable libreta, de esta puta libreta que me espera desafiante, y de manera imponente enseñándome toda su virginidad, mostrándome toda su pureza con la vana esperanza que penetre mi bolígrafo en sus entrañas, que le ofrezca mi tinta para que empiecen a nacer palabras, y que se vayan reproduciendo, multiplicándose entre ellas, y así crear una novela, esa novela que no me sale, y me desborda.
Me siento perdida. Mi yo escritor me ha abandonado. ¿Quién soy? Ahora mismo: soy la nada. La senda de un perdedor, y un yonki del fracaso.
Y es que si por lo menos me saliera algo, aunque después fuera una fatalidad, y una desgracia, al ensuciar mi nombre y mi reputación, aunque mi sello de “gran escritor” volará por los aires, y mi novela no estuviera en los top-ten de los más vendidos, me da igual.
Tan sólo quiero escribir. Profanar esta estepa blanca que incendia mis ojos.
Es que por lo menos Leo Macías, la chica de “La Flor de mi secreto”, aunque tuviera que escribir novela rosa, ella que había sido contratada para escribir historias de amor, resulta que por lo menos, escribía: novela negra. Pero escribía. Algo. Y escribir algo es ya mucho.
Algo siempre es mejor que yo. Yo soy nada.
Y lo he probado todo. Absolutamente todo, para que me nazca esa endemoniada novela.
He tomado psicotrópicos. LSD. Marihuana. Cristal. Coca. Cualquier sustancia que estuviera en el mercado y llevará dentro de sí la promesa de remover y agitar mis sentidos, que sacudiera estas malditas neuronas mías para empezaran derramar alguna historia de amor o de muerte, era una posibilidad, un quizás, un paso más para alejarme de esta blancura hiriente, tan sólida, y a la par tan ridícula.
También he viajado, practicado el budismo, e incluso me he dejado sodomizar.
Pero nada. Mientras tanto, el silencio me acaricia, se desliza dentro de mí y me ahoga. Me asesina lentamente. El blanco me domina. El blanco me aplasta. El blanco me mata…
Y…
Se mató. Por una libreta en blanco. Y la libreta blanca dejó de ser blanca, y fue roja. Por un disparo.
Comentarios
Pero sigue en blanco, inmaculado