Morirme señor, morirme…
Eso es lo único que hago, lo único para lo que sirvo. Tengo ya los músculos agarrotados, entumecidos, deshidratados de quimeras con arcángeles. Y de sirenas fértiles.
Mis cuencas, vacías de resplandores celestes. Y mis manos repletas de guadañas sombrías.
Mis sueños son tumbas. Son el verbo desmayado. La sombra del miedo. La amarga despedida de las siete amantes escandinavas.
La vida se derrite en mis manos. Mis arterias repletas de gérmenes.
Soy la grieta húmeda y ennegrecida de la pared. Las baldosas frías de la mañana.
El suicidio que sobrevive.
Soy la NADA que muere.
Y mientras, en la calle gime el viento.
Y la noche cae, y llega el frío, y la vida sigue.
Y arriba en el cielo, crepitan las estrellas en silencio.

Comentarios
no sé si me da envidia lo bien que escribes o más bien un poco de susto, pero me gusta mucho
por cierto señorita, sabe usted que existe una maquina de abrazar
un abrazo
Elena