Me paro en un semáforo. El semáforo me ordena detenerme. Está en rojo. Llueve. Y llueve de manera intensa. Y la lluvia me traspasa. Estoy empapada. Calada hasta los huesos. Y hasta los tendones.
Y de repente, no sé por qué, me asalta en la memoria tu credo:
“Mientras me quede un hálito de vida, viviré libre en este mar sin futuro bajo mi propia bandera, la bandera de la calavera..."
Eso decías cada tarde. Y yo las repetía una y otra vez, una y otra vez, para saberme segura, para no perderme, para no caerme, y no encontrarme con un vacío desértico.
Después merendaba, y salía a la calle para sentir la tibieza de la vida sobre mi piel, para que el alquitrán arañará mis rodillas mientras escuchaba a lo lejos, pájaros de barro.
Fuiste un amor de papel. Perfecto. Misterioso. Insondable. Contigo conocí el amor platónico. El imposible. El que no conoce defectos.
El único hombre al que he amado.
Mi héroe.

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