Una orquídea blanca. El rumor del silencio. Es besarlo todo. Besarte a ti, besarte a ti, besarte a ti….Aunque no estés...
El día vive traspasado por el crepúsculo del otoño. Ya no hay sudor en la piel, sino rosas ensangrentadas. Ya no hay hoteles, ni flotadores, ni cervezas nocturnas, sino días enlutados por la costumbre.
A veces, piensa Victoria que se podría lanzar a la mar, coger un barquito, y dedicarse a recoger olas, y el rumor de las caracolas. Victoria duda y duda de lo que tiene que hacer. Piensa, a veces, que tampoco estaría mal ser cosmonauta, navegar por planetas níveos, abruptos y deslumbrantes, empezar a cazar estrellas, y conocer a otros, a los habitantes de otros planetas, a los sin sombra, a los que arden y queman.
Pero Victoria no sabe qué hacer. Victoria tan sólo tiene dudas, y un futuro que le ahoga y le aplasta. Victoria tan sólo tiene un disfraz de poeta y una certeza: sabe que duele existir, que duele vivir, y estas letras son tan sólo una purgación, un paliativo, y un breve y tímido consuelo.
Y escribe y escribe frases sueltas, escritas desde la ferocidad de su soledad….
Yo sólo quiero, quiero quiero amarte, amarte y quererte.
Yo analfabeta de besos y caricias, de cuerpos que retozan y gritan.
Yo cansada de camas vacías.
Yo sólo quiero ser un Jaguar. Un Jaguar contigo.

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Yo analfabeta de besos y caricias, de cuerpos que retozan y gritan.
Yo cansada de camas vacías.
Yo sólo quiero ser un Jaguar. Un Jaguar contigo.