Lleva 30 años con otro cuerpo que no es el suyo, durmiendo con otro cuerpo que es distinto al suyo, que le llevó al vértigo, y a la dulzura del pecado. Y fue con ese cuerpo con quien conoció el temblor de otro cuerpo, y el ruido que hacen dos cuerpos cuando se aman. Pero ahora pesan los días, y el tiempo les aplasta. Parece que ya nada queda de esos dos jóvenes que se devoraban. Su deseo está envejecido, arrugado, enmohecido por la cotidianidad.
Y ahí pongo punto final a esa historia. No quiero agrandarla, ni tampoco salvarles. El tiempo me escasea, y lo dosifico. Y es que ahora ando entrometida en otras vidas, y en otra época. La culpa la tiene ella.
Recuerdo cuando era pequeña, cuando pensaba que el final del mundo estaba en el mar, mi padre, fiel a la liturgia dominical, traía “EL PAIS”. Y era en ese instante, cuando él cruzaba el umbral de la puerta, tenía que poner en acción todo mi ingenio para despistar a mi hermano y ser la primera en leer el suplemento. Pocas veces ganaba, y las veces que conseguía tal objetivo, era la mía una pírrica victoria, conseguida por la compasión de mi hermano. Y entonces, como siempre, para no saltarme la costumbre, empezaba por el final, empezaba por ella, a devorarla a ella, a comerme sus letras, sus ideas, y a todos los personajes que habitaban en esa última página.
Después crecí, y crecí, pero no lo suficiente como para trabajar, no lo suficiente para poder comprar mis caprichos, y mis placeres cotidianos. Por aquel entonces, tenía 1000ptas y tenía que sobrevivir con ellas a lo largo de la semana, salir al cine, tomarme una coca-cola, o comprarme una bolsa de palomitas. Pequeñas alegrías que hacían extinguir con una facilidad pasmosa esas 1000 ptas. Así que delante de eso comprarme un libro, era para mí una ardua tarea. Por eso iba a la biblioteca. Por eso cada quince días iba y venía a casa cargada de libros, llena de autores distintos, rusos, alemanes, polacos, o franceses, daba igual su procedencia. Yo tenía hambre de letras, y quería saciarme, empacharme, llenarme de letras, pero a día de hoy, ya ven, no lo he conseguido.
Y un día, un día sin saber por qué, un día que se presentaba como todos los otros, se convirtió en distinto. Y es que aquel día Victoria quiso poseer, tener algo suyo, propio, y único. Le crecieron las ganas de tener un libro exclusivo, que le perteneciera, que lo pudiera releer cuantas veces quisiera, que lo pudiera subrayar, tachar, y desgastar de tanto usarlo. Y pensó. Había algunos autores que le habían decepcionado, otros que le habían traicionado dejando ese estilo tan característico que les llevo a la gloria, pero no ella. Nunca ella. Por eso aquella semana, aunque no tuvo cine, ni palomitas, no le importo.
Y hoy, 15 años más tarde, y aunque Victoria ya tiene dinero, la historia se ha vuelto a repetir. Este fin de semana, no ha tenido palomitas, ni cine. Pero no le ha importado.
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Fuerte abrazo.