Cuando ella pronunciaba la palabra “brillante”, esa palabra tan cotidiana, y tan austera, el mundo se detenía. Porque su voz era una descarga eléctrica, y extirpaba el dolor. Porque su voz se caía en el oído, en cascada, se derramaba dentro de ti, se filtraba en tu carne, se enganchaba en tus huesos y en tu piel, y curaba todas las heridas. Su voz fusilaba a los deseos viejos, y ahogaba los recuerdos, y entonces tan sólo quedaba ella, tan sólo ella.
Recuerdo también que era la suya una voz silvestre, como los lirios, y roja, como la sangre, como el corazón, como el diablo.
Quizás por eso fui al infierno. Por eso, quizás ardí.
Desde aquel día tengo un agujero negro dentro de mi corazón. Todo lo atrapo, pero nada brilla.
La oscuridad me aplasta.
Comentarios
;)
Bs
Matt
Recuerda que tenemos un brindis pendiente.Tengo ganas de sonreir.