Me sube la marea de recuerdos, cuando antes éramos tú y yo, cuando mi única droga eran los aviones, y las películas de Nouvelle Vague.
“Cuando acabe este Agosto de lluvia y helados iré a por ti. Te llevará a una isla y beberemos jugo de guayaba”, me dijiste.
Y vivimos la felicidad del séptimo día.
Pero tú eras un tango triste, una amenaza circular, un secreto oscuro y sin piedad, pero yo te seguí, y te seguí…
Quería caminar a tu lado. Cultivar marihuana, comprar un bungalow y tener un hijo londinense.
Elegí dolor. Elegí la destrucción.
Aposte todo a tu número. Al número 20. Al caballo cojo. Y ladré de dolor. Y perdí.
Pero sigo en pie.
Mañana, quien sabe, mañana quizá vuelva el tiempo de las cervezas, de los primeros cigarros. Quizás mañana viaje a Chernobil.

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Besos