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La noche de las Perséidas


Los días en el hospital pasan lentos. Se arrastran por el tiempo, de manera torpe, de manera abrupta, y se repiten en cada latido. Por eso quizás recuerdas esa frase de Machado: “Hoy es siempre todavía”, porque el día de ayer es una reproducción del hoy y del mañana.

El aire que se respira es denso, duro como una piedra. Pesa tanto que aplasta la esperanza, y la alegría. El olor que se respira es amarillo, un amarillo cetrino que hace crecer la soledad y el hastío.

Estar en un hospital es una mordedura de araña. Es la náusea de la luna. La manzana de Satán.

Allí la desesperación crece. Y crece. Es imposible asustarla. Imposible aniquilarla.

La vida es escurridiza. Una gran fugitiva.

Las fuerzas de Victoria se erosionan. Son demasiados golpes contra el mar. Demasiadas embestidas por el dolor. Pero hoy tiene que cumplir una promesa: mirar las estrellas, y desear. Nada más.

Salud, salud, salud… Para los suyos, para los suyos, para los suyos… Y lo va a repetir de manera incesante, de manera incansable, para que se propague en el aire, para que se quede en viento, en la lluvia, y en el techo. Para que así sea. Para que se cumpla.

Y Victoria coge una toalla, la pone en la mochila, y cierra la puerta.

Fuera, en la calle, aúllan los perros.

Comentarios

MAAT ha dicho que…
Has dado en el punto clave.Dejemos las "gilipolleces" y pensemos en salud...que es lo más importante.
dintel ha dicho que…
En el hospital, el tiempo viene marcado por las comidas. Entre ellas, no existe.
BO ha dicho que…
sí, salud por favor. Que así sea.
Begoña Leonardo ha dicho que…
Estoy de acuerdo con lo dicho, y te envío un cariñito.
Riada ha dicho que…
Salud, salud, salud. :)

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