Sucede que Victoria tiene miedo. Es el suyo un miedo rancio y vetusto que impregna sus andares y sus pensamientos, un miedo que aparece y desaparece, que resucita con el tiempo, que regurgita su mancha paralizándola por completo. Y su interior se vuelve denso, espeso, lento, y huele a entierro. Es un miedo puñal. Un miedo bucle.
Y ese miedo no es otra cosa que quedarse en blanco. Hueca, seca y devastada. Sin palabras. Porque lleva varios días sin historias que escribir. Estéril y yerma. No copula con la palabra. Ni con el verbo. Siente que su imaginación ha muerto, que se ha disipado, que ha volado por los aires, pues al fin y al cabo, el germen de sus historias reside en su interior, en descifrar las abruptas agitaciones del alma, y ahora mismo, esta deslumbrada por el vacio. Desierta de emociones. Su vida sangra una rutina tediosa y agónica, que no logra romper de ninguna de las maneras. Por eso llora y llora, un llanto aburrido, y el quejido eterno y vacío de su oscura vida.
Su única peripecia es abandonarse en la vida, a los escabrosos designios del futuro. Ella se deja guiar. Se deja ir. El esfuerzo y la voluntad no entran dentro de sus desembolsos cotidianos. Quizás porque hacerlo significaría una lucha, contra algo, contra algún objetivo, contra ella misma. Y ella no quiere perder. No esta dispuesta. Quizás por eso, no es otra cosa que el esplendor de la derrota. Una rendición anticipada. Sin victoria.
Comentarios
Aprovecha y borra todo. A partir de la nada crea todo.
Un saludo.
Con la diferencia que yo no me presto a las palabras sino a las imagenes, dicen que somos lo que hacemos y cuando no hacemos eso que nos hace sentir como somos no somos nada.