Dime que no me quieres. Dime que me odias, que me detestas, que me aborreces. Es fácil. Son tan sólo tres palabras, junta los labios y pronúncialas: “No te quiero”. Y entonces yo me voy, me ahuyentas y yo me ausento. Lo dicho. Es fácil. Quiero que las palabras me perforen, que taladren todo mi corazón, hasta quedarlo en pequeñas partículas indivisibles, pero no quiero esta incertidumbre, estas dudas, y esta angustia que están solapadas a tu nombre. Cansada de ese desierto de certezas, de esta escasa información que me das, que me brindas y me ofreces, en cuenta gotas, que no sirve para calmar mi sed.
Porque todas tus palabras están tan desamparadas, tan alejadas las unas de las otras que carecen de hospitalidad, que se encuentran despobladas de ternura e ilusión.
Pero ya ves, soy humana, y vuelvo a insistir y vuelvo a tropezar, porque todavía, aún hoy, a pesar de que todas esas pocas palabras se amontonan en mi pecho, aplastándolo, en todas ellas, observo y quiero creer que hay pequeñas astillas de esperanza, y por eso me aferro a ellas, por eso las agarro fuertemente, aunque me corte las manos.
Y a ellas iré, a pesar de los pesares, iré a tus palabras, como un potrillo salvaje, y desbocado, aunque después sólo sea dolor.
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Bs