Han pasado 18 años desde la última vez que la vio.
Su imagen ya se había caído del recuerdo. Y las tardes de verano jugando con ella, merendando con ella, tostándose al sol con ella, residían escondidos en los subterfugios de la memoria.
Todos esos días ya se habían ido.
Los días que se van, y desaparecen. Pero han vuelto. Han vuelto a rugir.
Ayer la vio. Y le estallo la vida en los parpados, una vida antigua e infantil, llena de torpeza e inocencia donde el mundo sabía a helado de vainilla. Y sobretodo recuerda aquella vez cuando ambas estaban en la terraza, cuando cinco años eran un abismo. Porque Victoria era una niña y la otra navega en la frontera de los innombrables. No era niña ni mujer. Nada. Sólo un ser en crecimiento. Ella sólo crecía y crecía, y era aún demasiado joven, demasiado ingenua, demasiado inocente, para conocer la fuerza de la naturaleza que le brotaba por dentro, y el magnetismo que generaba su movimiento. Era la suya una belleza imponente, que te raptaba por dentro.
Aquella tarde, ella llevaba tan sólo una camiseta holgada, muy holgada, tan holgada que cuando alzó los brazos Victoria pudo ver su incipiente pecho. Un pecho pequeño, diminuto, que se estaba formando. Y Victoria continuó jugando, como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera ocurrido nada. Pero esa imagen la turbo, y durante mucho tiempo convivio con ella. Imposible de desprenderse de ella, de arrancársela. Más tarde, supo y comprendió que aquella tarde, había descubierto el deseo.
Hay recuerdos que son eternidades.
Pero 18 años no son nada. Y ella aún tiene esa belleza de juventud insultante, invulnerable a las tragedias de la vida.
Mirarla es pecado. Es sucumbir a la tentación más carnal y visceral.
No mirarla es pecado. Es malgastar la vida. Es ignorar la magnitud de la belleza.
Tan sólo con verla andar, te conmueves.
Llamarla es invocar a la locura. El deseo es su nombre.
Comentarios
Simplemente genial.
Saludines,
YoMisma
La verdad es que tienes una cualidad que pocas personas poseen:dejarme sin palabras!
Un saludo.