Me estoy ahogando de mi propio dolor. Me consumo dentro de mi propia infamia, fea, abrupta, y destartalada. Mi vida es un cuerpo al que le devoran los sueños. Mi vida es desgastarme en unas sábanas blancas. Arrugarme en cama. Y morir.
Pero entonces, apareces tú. Y todo cambia. Has vuelto. Y me desordenas. Hoy el miedo tiembla en mis ojos. Un miedo que me apuñala y me atraviesa. Y sé que las piedras no aman, y que los aviones no sienten. Y sé que tu deseo habita en otro lugar. Y que nunca, nunca lo podré acunar en mis brazos, que nunca lo podré agitar con mis dedos, porque tú eres viento, y yo tierra. Porque eres el céfiro amarillo y callado, siempre inquieto, suave, imposible de coger, pero tu nombre llena mi boca de amor.
Eres mi verano antiguo, mi herida abierta, una copa de vino blanco y un recuerdo de lluvia en tus hombros.
Pero entonces, apareces tú. Y todo cambia. Has vuelto. Y me desordenas. Hoy el miedo tiembla en mis ojos. Un miedo que me apuñala y me atraviesa. Y sé que las piedras no aman, y que los aviones no sienten. Y sé que tu deseo habita en otro lugar. Y que nunca, nunca lo podré acunar en mis brazos, que nunca lo podré agitar con mis dedos, porque tú eres viento, y yo tierra. Porque eres el céfiro amarillo y callado, siempre inquieto, suave, imposible de coger, pero tu nombre llena mi boca de amor.
Eres mi verano antiguo, mi herida abierta, una copa de vino blanco y un recuerdo de lluvia en tus hombros.
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Saludos.