Suena el despertador. Son las 8:00 de la mañana. Alargas la mano para detener ese ruido tan incómodo que se filtra por tus oídos. Ha roto tu suave sueño: Empieza el día. Tú día.
Y como siempre, de manera mecánica lo primero que haces es ir directamente al lavabo. Allí, aún con los ojos cerrados, intentándote proteger de la intensidad de la luz, haciendo ímprobos y extenuantes esfuerzos para adaptarte la incorporación de la vida, te bajas las bragas y orinas.
Los sueños al fin y al cabo, siempre fueron blandos. La vida, dura. Por eso, madrugar, para ti es una tortura agónica. Y dolorosa. Porque es despedirse del mundo amable, sin sombras, ni ruidos, ni penas. Un mundo incoloro, e insípido, pero siempre dulce.
Después, ya por fin, te miras al espejo. De refilón. No tienes tiempo a detenerte para saber si te ha nacido una nueva arruga, o si el exceso de alcohol de anoche ha borrado la imperturbabilidad de tu rostro. Seguramente será piadoso, y te dejará alguna marca fugitiva y quebradiza, que logrará desaparecer con algunas horas extras de sueño. Pero a ti, ahora mismo, eso, te da igual. El tiempo apremia, y a las 9:00 tienes que estar en tu lugar de trabajo. Por eso aceleras tus pasos, y tus gestos. Y vas a la cocina, y te preparas un buen café con leche y una tostada. Y después eliges la ropa, te vistes, te lavas los dientes, coges el coche, y sales disparada.
En el camino piensas. Mareas los pensamientos, los balanceas, y los muerdes. De tanto pensar, al final los estas desgastando, y te acabas de dar cuenta que se te están acabando. Te estas quedando sin ellos. Y tú, al fin y al cabo, es lo único que has hecho a lo largo de tu vida, y es lo único que sabes hacer. Pensar. Pensar y no hacer. Y envejeces. Envejeces sin acción. Tu vida se está gestando en silencio. Es muda. Sin latido. Y sin vibraciones. Por eso, en ese mismo instante de reflexión, en ese mismo momento que acabas de tomar conciencia que tus cavilaciones se estaban consumiendo, y que tus preguntas sin respuesta están adelgazando hasta la inanición más absoluta, te asalta la angustia, y decides cambiar tu destino. Lo vas a estafar. Será esta tarde.
Pero hasta que llegue la tarde te continuarás pensando, dándote cuenta que tu ilusión juvenil se ha desvanecido, quedándose reducida a la NADA, que tu alegría está inválida. Tullida. Y mutilada. No vibras. Ni sientes. Eres un cadáver en vida. Eso sí, exquisito, bello y refulgente. Pero un cadáver, al fin y al cabo.
Por eso, lo vas a hacer. Por eso esta tarde, decides cambiarlo todo. Y quieres incendiar la alegría. Y que sea para siempre. ¡Qué arda! ¡Sí, qué arda en tus manos, y en tus pies!
Después de la jornada laboral, llegas a casa, abres el armario, poco a poco. Tus gestos son suaves y mansos, pues saben que no pueden cometer ningún error, y saben perfectamente la hazaña a la cual están consignados. De allí coges unas mallas, una camiseta, y unas bambas. Te vistes. Vuelves a pensar, pero no necesitas más. Ni tan siquiera las llaves, pues sabes perfectamente que si lo consigues, no te harán falta. Nunca más.
El sol hoy esta agresivo. Muy vivo. Muy ardiente. Son las 19:00 de la tarda. Tú empiezas a andar. Tú con tu soledad. Y llegas a la carretera que te lleva al pueblo de al lado. 15 kilómetros por delante. 15 kilómetros que se muestran ante ti de manera insolente, revelando la magnificencia de su llanura. Y tu abismo.
Y empiezas a correr. Avanzas por el asfalto, sabiéndote que ese camino te va aproximar a tu meta. Y tu destino. Y continúas corriendo. 5 minutos más. La alegría de repente te embiste. Sonríes. Sabes entonces que vas por buen camino. Sabes que tienes que continuar.
10 minutos. El calor empieza a incomodarte. Estás sudando. Las gotas saladas se filtran por tus ojos. Te escuecen.
20 minutos. No estás acostumbrada a correr durante tanto tiempo, y el dolor sale, surge, te invade. Te golpea como un mazazo.
21 minutos. El corazón vive en ti desbocado. Sientes que se te va a salir por la boca. Nunca antes lo habías sentido con tanta fuerza.
22 minutos. El dolor se esta haciendo insoportable. Pero tú continuas. La carretera se vuelve estrecha, infinita. Eterna. Tu mirada te empaña. Pero tú continuas.
23 minutos. Tienes calambres en las piernas, empañada de sudor. Tu rostro se contrae. Gimes, y avanzas. Te repites que el dolor no existe, que el dolor no existe, y sigues en pie. Corriendo. Y tu correr es torpe. Agónico. Si alguien te viera, le dolería mirarte.
24 minutos. En tu interior tan sólo queda un pensamiento: Sigue. Sigue. Sigue.
25 minutos. Un relámpago me atraviesa. Un relámpago en mi pecho. Caes al suelo. Todo tu cuerpo aplastado en la carretera. Tu corazón se ha detenido. Pero ahí estas tú, en el alquitrán, sonriendo. Has cumplido la misión. Has muerto en ACCIÓN. Como los valientes.
Felicidades. Has conseguido estafar al destino.
Y como siempre, de manera mecánica lo primero que haces es ir directamente al lavabo. Allí, aún con los ojos cerrados, intentándote proteger de la intensidad de la luz, haciendo ímprobos y extenuantes esfuerzos para adaptarte la incorporación de la vida, te bajas las bragas y orinas.
Los sueños al fin y al cabo, siempre fueron blandos. La vida, dura. Por eso, madrugar, para ti es una tortura agónica. Y dolorosa. Porque es despedirse del mundo amable, sin sombras, ni ruidos, ni penas. Un mundo incoloro, e insípido, pero siempre dulce.
Después, ya por fin, te miras al espejo. De refilón. No tienes tiempo a detenerte para saber si te ha nacido una nueva arruga, o si el exceso de alcohol de anoche ha borrado la imperturbabilidad de tu rostro. Seguramente será piadoso, y te dejará alguna marca fugitiva y quebradiza, que logrará desaparecer con algunas horas extras de sueño. Pero a ti, ahora mismo, eso, te da igual. El tiempo apremia, y a las 9:00 tienes que estar en tu lugar de trabajo. Por eso aceleras tus pasos, y tus gestos. Y vas a la cocina, y te preparas un buen café con leche y una tostada. Y después eliges la ropa, te vistes, te lavas los dientes, coges el coche, y sales disparada.
En el camino piensas. Mareas los pensamientos, los balanceas, y los muerdes. De tanto pensar, al final los estas desgastando, y te acabas de dar cuenta que se te están acabando. Te estas quedando sin ellos. Y tú, al fin y al cabo, es lo único que has hecho a lo largo de tu vida, y es lo único que sabes hacer. Pensar. Pensar y no hacer. Y envejeces. Envejeces sin acción. Tu vida se está gestando en silencio. Es muda. Sin latido. Y sin vibraciones. Por eso, en ese mismo instante de reflexión, en ese mismo momento que acabas de tomar conciencia que tus cavilaciones se estaban consumiendo, y que tus preguntas sin respuesta están adelgazando hasta la inanición más absoluta, te asalta la angustia, y decides cambiar tu destino. Lo vas a estafar. Será esta tarde.
Pero hasta que llegue la tarde te continuarás pensando, dándote cuenta que tu ilusión juvenil se ha desvanecido, quedándose reducida a la NADA, que tu alegría está inválida. Tullida. Y mutilada. No vibras. Ni sientes. Eres un cadáver en vida. Eso sí, exquisito, bello y refulgente. Pero un cadáver, al fin y al cabo.
Por eso, lo vas a hacer. Por eso esta tarde, decides cambiarlo todo. Y quieres incendiar la alegría. Y que sea para siempre. ¡Qué arda! ¡Sí, qué arda en tus manos, y en tus pies!
Después de la jornada laboral, llegas a casa, abres el armario, poco a poco. Tus gestos son suaves y mansos, pues saben que no pueden cometer ningún error, y saben perfectamente la hazaña a la cual están consignados. De allí coges unas mallas, una camiseta, y unas bambas. Te vistes. Vuelves a pensar, pero no necesitas más. Ni tan siquiera las llaves, pues sabes perfectamente que si lo consigues, no te harán falta. Nunca más.
El sol hoy esta agresivo. Muy vivo. Muy ardiente. Son las 19:00 de la tarda. Tú empiezas a andar. Tú con tu soledad. Y llegas a la carretera que te lleva al pueblo de al lado. 15 kilómetros por delante. 15 kilómetros que se muestran ante ti de manera insolente, revelando la magnificencia de su llanura. Y tu abismo.
Y empiezas a correr. Avanzas por el asfalto, sabiéndote que ese camino te va aproximar a tu meta. Y tu destino. Y continúas corriendo. 5 minutos más. La alegría de repente te embiste. Sonríes. Sabes entonces que vas por buen camino. Sabes que tienes que continuar.
10 minutos. El calor empieza a incomodarte. Estás sudando. Las gotas saladas se filtran por tus ojos. Te escuecen.
20 minutos. No estás acostumbrada a correr durante tanto tiempo, y el dolor sale, surge, te invade. Te golpea como un mazazo.
21 minutos. El corazón vive en ti desbocado. Sientes que se te va a salir por la boca. Nunca antes lo habías sentido con tanta fuerza.
22 minutos. El dolor se esta haciendo insoportable. Pero tú continuas. La carretera se vuelve estrecha, infinita. Eterna. Tu mirada te empaña. Pero tú continuas.
23 minutos. Tienes calambres en las piernas, empañada de sudor. Tu rostro se contrae. Gimes, y avanzas. Te repites que el dolor no existe, que el dolor no existe, y sigues en pie. Corriendo. Y tu correr es torpe. Agónico. Si alguien te viera, le dolería mirarte.
24 minutos. En tu interior tan sólo queda un pensamiento: Sigue. Sigue. Sigue.
25 minutos. Un relámpago me atraviesa. Un relámpago en mi pecho. Caes al suelo. Todo tu cuerpo aplastado en la carretera. Tu corazón se ha detenido. Pero ahí estas tú, en el alquitrán, sonriendo. Has cumplido la misión. Has muerto en ACCIÓN. Como los valientes.
Felicidades. Has conseguido estafar al destino.
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