Has vuelto a deslizarte por la pendiente de los suicidas. En estampida. Después la colisión. La sacudida del estremecimiento. El dolor amargo que florece, y le golpea incesantemente. Y pasan las horas y el dolor se amansa, y se vuelve dócil. El corazón tembloroso, y tierno, llora. Desconsoladamente llora. Sin sentido. Sin emoción. Llora por la NADA. Por el crepúsculo que le acecha y le persigue. Por su corazón oscuro. Porque ella es oscura, lóbrega y sombría. Sin valor. Pero tiene fuerzas. Una fuerza de hombre y despiadada que utiliza para pisotear a su corazón, para destrozarlo y hacerlo añicos. Una fuerza profunda para asesinar. Para asesinarse poco a poco. Lentamente. Su morir es tranquilo. Y pausado. Y los párpados se le van cayendo, cerrándose poco a poco, a pesar que la hora del sueño aún queda lejos.
Su interior esta revuelto. Su interior es promiscuo a las ideas y a la novedad. Necesita descansar. Sí. Esta cansada. Cansada del cansancio. Y duerme.
Sabe que mañana será otro día. Un día blanco. Un día más para volver a morir.
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Dejas sin palabras.
Matt.