Victoria abre el buzón. Lo hace con un gesto triste, afligido y desprovisto de ilusión, segura de que la única correspondencia que va encontrar son las ofertas del Carrefour, y los descuentos del 2x1 del Telepizza, que a día de hoy, no puede utilizar. Ella es una. Ella es tan sólo una porque el destino la ha conminado a ser un número indivisible y solitario. Ella, repito, es una, pero a pesar de esto, acumula tenazmente y con una esperanza alegre y ancha todos los descuentos, sabiendo que llegará un día que los utilizará, que podrá hacer uso de esos vales que abogan por una vida vivida a dúo, y que ahora mismo le laceran las manos, porque le recuerdan insistentemente ese número siniestro y oscuro que es ella, y del que quiere escapar. Pero aún no sabe cuando sucederá eso, cuando ocurrirá la ocasión para utilizar esa publicidad que tan amargamente, que tan anhelantamente, proteje y guarda. Al fin y al cabo el futuro es un misterio, y es justamente ese enigma lo que hace interesante la vida.
Y Victoria sale al balcón. El pelo se le eriza. Vuelve a hacer frío. Se enciende un cigarrillo y mira la calle. Observa a los peregrinos de la ciudad, y allí a lo lejos, ve a un chico subido en su ciclomotor, y ve como lleva la felicidad escondida dentro de una caja de cartón roja.
Y entonces Victoria piensa en quién se comerá esa felicidad, en esa felicidad viajera que va a lomos de un chico anónimo que además desconoce e ignora la importancia de su misión: llevar la felicidad a las casas. Y es que él tan sólo existe. Existe y hace.
Y entonces Victoria piensa el día en que telefoneara al chico de rojo y le dirá cuál es su calle, porque es allí donde tendrá que llevar la felicidad, porque aquel día utilizará los cupones, porque habrá ocurrido el milagro, esa maldita casualidad que tanto ansia y no sucede. Porque aquel día el azar se habrá puesto de su bando.
Porque aquel día Victoria masticará la felicidad.
Porque la felicidad es también comer con un 2x1.
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Todos,en el fondo,buscamos lo mismo.
Matt