Victoria siempre se ha desentendido de su ciudad. Siempre ha renegado de sus límites, de sus escasos conciertos, y sus miserables bares. Hablaba de ella sin entusiasmo, sin emoción alguna, como si recitará una guía telefónica. Su voz se tornaba aséptica con tan sólo nombrarla. Por eso Victoria siempre buscaba en otra parte lo que no tenía, buscando desesperadamente una ciudad que le perteneciera, conquistarla y que fuera suya. Por eso los aviones. Por eso las calles con nombres impronunciables. Adaptarse, mutarse y volver a no ser. No ser de ningún sitio. No tener tierra, ni raíces. Ser una apátrida. Una NADIE.
“Coger una bola del mundo. Girarla y detenerla con tu dedo índice. Sale Madrid. Sonríes.”
Y Victoria lee esa frase de su diario, de un pasado cercano, y de un futuro inmediato. Pero eso hoy ya tan sólo se ha quedado justamente en eso, en una frase escrita, en un episodio archivado. Porque hoy, cuando Victoria ha bajado de su coche, y ha visto el estallido azul del mar en sus ojos, cuando ha empezado a caminar Rambla a bajo, y ha descubierto que desconocía todas esas calles que se abrían a sus pies, que ignoraba sus nombres, y que fácilmente se podría perder en ellas, ha decidido una cosa: descubrir su ciudad. Su propia ciudad. Y habitarla.
Hoy los ojos de Victoria desprenden el brillo del asombro, el fulgor de quien encuentra y descubre.
Hoy Victoria ha empezado a echar raíces.

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