Intensidad en el tiempo. Una semana condensada en dos días, que ya no son dos días sino recuerdos…
Y la lluvia incesante que los habita, y los ahoga…
Después…
Volver a casa. Volver a la rutina, al día a día, con ritmo lento, con quietud y con calma. Volver a las calles conocidas. Al tiempo que ya no es tiempo sino costumbre. A las comidas que no son de urgencia y de hambre canina, sino nobles y celestiales, sino gustosas y fascinantes. Después saber que has suspendido, que te han “cateado” un trabajo, y con ello toda la asignatura. Y que en junio tocará desgastarse los codos, y asistir a las citas del club de los insomnes. Pero y qué. Te da igual. No te importa. No te afecta. Porque hoy estás en casa. En tu hogar. Y hoy no dependes de aeroplanos espaciales, ni de erupciones siderales. Porque hoy tu dominas. Porque hoy ya no eres esclava del tiempo. Tú decides. Porque ahora, por fin, saboreas este momento. El sabor de lo conocido.
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