Victoria quiere y ama a las mujeres. A las pequeñas, a las diminutas, a las altas o regordetas. Las adora y se le deleita con sus perfumes y sus gestos elegantes. Cualquier mujer en la calle le atrapa la atención, y se extravía en sus pasos, y a partir de ellos se inventa la vida de todas ellas. Si llevan altos tacones, las piensa con carácter fuerte, y seguras de si misma, pues tan sólo necesitan ese pequeño cimiento, esa minúscula viga para andar. Si llevan bambas las imagina creativas, terrenales, y de pequeñas ambiciones, de saberse satisfechas y contentas con lo que tienen y con lo que les rodea. Después están aquellas que necesitan ir planas, que necesitan que toda la planta de su pie toque con la tierra, que este en perpetuo contacto con el mundo, y de ellas Victoria piensa que grandes, enormes, mayúsculas, y a la par humildes, de ahí que no quieran subirse a algún peldaño más, para no asustar, para no parecer quizás tan gigantes. Y Victoria se recrea en ellas. Las observa con atención cautelar. Desde lejos y con disimulo. A escondidas. Amándolas a todas. Deseándolas a todas. Sabiéndolas hermosas.
Que llegue la noche, que llegue la noche… que su manto oscuro me proteja, Que su luna blanca amanse mis fieras, y mis aullidos de pena que ya no quiero pensarla, ni desearla. Que ya… Que ya me cansé de amarla.
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