Victoria nació triste. Nació para contar historias tristes, y mustias. Nació para deleitarse en las penas amargas, y la congoja que hiere. Siente que la placidez es algo suave y dulce, porque ella es su musa, y el animal que la subyuga, que la sostiene y la envilece. Al fin y al cabo es lo mejor que sabe hacer: ser y estar triste, y para qué negarlo, Victoria tiene un talento excepcional para la tristeza. Algo inaudito. Porque Victoria es tenaz para conseguir el llanto, aunque sea pequeño, aunque sea ligero, porque eso le bastará y será suficiente para dar a luz a alguna historia de perdedores y vencidos. Así que ya ven, Victoria se besa con la tristeza constantemente. Insistentemente. Y es que a Victoria le abruma la gente feliz, la gente que tiene la alegría a manos llenas. A mansalva. Y es que no acaba de entender porque es necesario ser feliz, porque la gente se obstina en conseguir la felicidad. ¿Acaso es malo ser triste?, piensa Victoria. Y es que quizás es porque piensa que la gente feliz no es nada interesante.
Tan sólo espero dos cosas del futuro: crecer. Y perder mi mala suerte
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