Victoria nació triste. Nació para contar historias tristes, y mustias. Nació para deleitarse en las penas amargas, y la congoja que hiere. Siente que la placidez es algo suave y dulce, porque ella es su musa, y el animal que la subyuga, que la sostiene y la envilece. Al fin y al cabo es lo mejor que sabe hacer: ser y estar triste, y para qué negarlo, Victoria tiene un talento excepcional para la tristeza. Algo inaudito. Porque Victoria es tenaz para conseguir el llanto, aunque sea pequeño, aunque sea ligero, porque eso le bastará y será suficiente para dar a luz a alguna historia de perdedores y vencidos. Así que ya ven, Victoria se besa con la tristeza constantemente. Insistentemente. Y es que a Victoria le abruma la gente feliz, la gente que tiene la alegría a manos llenas. A mansalva. Y es que no acaba de entender porque es necesario ser feliz, porque la gente se obstina en conseguir la felicidad. ¿Acaso es malo ser triste?, piensa Victoria. Y es que quizás es porque piensa que la gente feliz no es nada interesante.
Estoy enfermera señor, enferma. Deliro constantemente. Permanentemente pensando en los cuerpos que chocan, en jadeos, y en pechos sonrosados. Dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera, dentro de ti… Y en una mano que se hunde, que me atraviesa, y me traspasa, como una espada. Y en la aureola de tu vientre. ¡Ay señor! ¡La violencia del amor se ha desatado! ¡Ay señor! ¡El zarpazo del amor me ha alcanzado! Y mira mis manos, aquí te las enseño, y te las entrego. En ellas esta el olor de las prisas, y de las flores que se rompen y estallan. Perdóname señor, por haber atracado su enigma. Pero ahora por favor, ayúdame,¡ayúdame!, y calma mi sed. Y domestica mi amor. Pues no tengo fuerzas suficientes, señor para aguantarlo, para sostener a este monstruo llamado AMOR. Arráncalo de mí. Quítalo de mí. Y corta su recuerdo. Señor, yo sólo quiero ser libre.
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