Victoria nació triste. Nació para contar historias tristes, y mustias. Nació para deleitarse en las penas amargas, y la congoja que hiere. Siente que la placidez es algo suave y dulce, porque ella es su musa, y el animal que la subyuga, que la sostiene y la envilece. Al fin y al cabo es lo mejor que sabe hacer: ser y estar triste, y para qué negarlo, Victoria tiene un talento excepcional para la tristeza. Algo inaudito. Porque Victoria es tenaz para conseguir el llanto, aunque sea pequeño, aunque sea ligero, porque eso le bastará y será suficiente para dar a luz a alguna historia de perdedores y vencidos. Así que ya ven, Victoria se besa con la tristeza constantemente. Insistentemente. Y es que a Victoria le abruma la gente feliz, la gente que tiene la alegría a manos llenas. A mansalva. Y es que no acaba de entender porque es necesario ser feliz, porque la gente se obstina en conseguir la felicidad. ¿Acaso es malo ser triste?, piensa Victoria. Y es que quizás es porque piensa que la gente feliz no es nada interesante.
Me desvanezco en la nada. No tengo historias. Las palabras han emigrado. Las ideas se han quedado afónicas. No puedo hacer que estalle la primavera en las letras. Nada. Tan sólo goteo rabia. No quiero a nadie. A nadie. Tengo todos los sentidos muertos. Pervertida en la demolición. Sulfatada en la inclemencia de la atrocidad. Me atraganto de tanta maldad. El inferno crece en mí. Me recreo en la inmundicia. Me revuelco en el estiércol. Tan sólo me salen exabruptos de ácido sulfúrico. Tengo la sangre empapada de cólera. Y sucia. Es la mía una sangre que se levanta, que se pone en pie de tanta rabia condensada. Tengo demasiado ruido dentro, tanto que no puedo pensar. Camino y camino y no se hace el futuro. Camino y no me alejo de ésta náusea que me acecha. Soy el lirismo de las babas. Un deseo putrefacto. Tengo el corazón incendiado. Necesito silencio. Necesito una isla. Hoy van a estallar los cohetes. Y yo quiero estallar con ellos. Ser pólvora. Y nada más.
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