Victoria está sola en la habitación. Sola con sus pensamientos y su plan de salvación. Desde su ventana ve la luna. Redonda, jugosa, y tierna, lista para comerse. Como una manzana. Su escritorio es el desorden, el síntoma de su descomposición. Y ahí tiene montañas de papeles, los libros que quiere leer y que presume leer, y que los tiene a medias. Sin terminar. Como todo en su vida. Como incluso esa taza de café de anoche que no apuro, que no se acabo, que no la acabo de sorber. Lo dicho, como todo en su vida. Porque el dolor le crece, porque el dolor se ensancha y la penetra y le corta todo. Y con él nacen sus letras con sangre, y palabras mugrientas, y con ellas se exorciza, y con ellas se alimenta. Una rueda. Una cadena que sabe que tiene que parar y detener. Y así desgasta y malgasta su vida. Una vida que se consume. Mientras tanto ella calla, mientras sufre en silencio, esperando a que alguien la rescate…
Que llegue la noche, que llegue la noche… que su manto oscuro me proteja, Que su luna blanca amanse mis fieras, y mis aullidos de pena que ya no quiero pensarla, ni desearla. Que ya… Que ya me cansé de amarla.
Comentarios