Victoria en el mismo instante que la vio supo que iba a sufrir. Supo y adivinó que el suyo iba a ser un amor a contracorriente, de contrabando, y que otra vez, lo único que lo sostendría y que lo mantendría a flote es el dolor. Un dolor antiguo, y rancio, de tan repetido que es. Era imposible ir caminando, y no detenerte en ella. Porque era obligatorio suspender la andadura y empezar a contemplarla, y embriagarte de ella. Porque no hacerlo era un pecado. Y Victoria también supo que su proximidad más cercana serían las palabras que marcan la distancia de lo imposible. Por eso cada vez que la tiene cerca, justo a su lado, sentada a su vera, ignora al profesor, a su clase magistral, y entretiene el tiempo vigilándola, custodiando milimétricamente cada uno de sus gestos, porque es la única manera de poseerla, y de hacerla un poco más suya. Y aunque tan sólo ha estado tres días inspeccionando ha sido tiempo suficiente para descubrirla: La sabe y la define como una mujer elegante y sensible. Es soberbia en sus palabras. Y Su andar es firme y preciso. Contundente y aplastante. De mujer segura. De mujer que sabe lo que quiere, y sabe cuál es su misión. Y ha descubierto que cuando lleva una camisa escotada y gira levemente su cabeza se acentúan aún más los huesos de la clavícula, y entonces todo el Bosforo de Almasy estalla, y se ve y se observa en todo su esplendor. Y Victoria recuerda el ayer, y se recrea en el. Se entusiasmó al volverla ver, de volverse encontrar con ella, de saber de ella, aunque su historia fuera en realidad una no historia. Un imposible. Cuando descansan, cuando finaliza la clase, ni tan siquiera la puede sostener la mirada, ni tan siquiera puede seguirla la conversación, sin que su voz se quiebre. Y piensa que cada vez que se queda en blanco es un indicio de su nerviosismo, una pista que la delata, y que descubre su verdad más secreta y oscura. Pero tan sólo eran necesario dos minutos para empezarla a querer, porque ella llevaba la primavera en sus manos, porque era la suya una alegría que te desbordaba, inconmensurable, tanto que asustaba.
Que llegue la noche, que llegue la noche… que su manto oscuro me proteja, Que su luna blanca amanse mis fieras, y mis aullidos de pena que ya no quiero pensarla, ni desearla. Que ya… Que ya me cansé de amarla.
Comentarios
después descubrimos que los verdaderos, los intensos y desgarrados son los correspondidos, los que bajan del podio y te arrastran a vivir..
;)