Victoria acaba de descubrir una cosa. Se le ha revelado la verdad de lo que le sucede, se ha encontrado con una verdad desnuda, con una verdad fresca, tierna y jugosa. Aunque también algo dolorosa y algo sombría. Porque hay verdades que son siniestras, amargas y desafortunadas, y que a veces, las rechazamos justamente por eso, y justamente por eso, no avanzamos. Por no afrontarlas, por no plantarnos delante de ellas, y torearlas con un capote rojo, hasta cansarlas, y después zas…El estoque. La espada de acero, la hoja estrecha y cortante, aguda y fuerte, que culmina con el brote de la muerte… A veces eso no sucede. A veces, en lugar de afrontarlas, después de tanto capote, y tanto mareo se van cansadas y aburridas… eso a escuchado Victoria de otros labios, que a veces, sin saber como, y sin saber muy bien por qué, se produce un milagro… pero a ella, por ahora, nunca le ha pasado. La cuestión es que Victoria, hoy ya no mira la verdad a hurtadillas, sino de frente. Porque lo que le pasa a Victoria es que no cree. No cree en ella. Ni en sus posibilidades. Ni en sus habilidades. No cree en nada. Y ya ven, para continuar en esta vida, lo más necesario, además del pan, el aire, y una copa de vino, es CREER, creer en uno mismo, creer en el Dios Padre Todopoderoso o creer en el Dios hindú, o por qué no, en la conjunción planetaria de tu signo. Se trata de creer…En lo que sea, pero creer. A pies de juntillas, y ciegamente. Porque todo es cuestión de creer, de tener fe, de tener esperanza. Lorca decía, que no hay peor sentimiento que tener la esperanza muerta. Y Victoria le cree. A pies de juntillas y ciegamente. Ahora, tan sólo le hace falta enfundarse el traje de luces y salir a la plaza a torear la verdad. Porque esa será la señal de un antes y un después. Porque será el inicio de su credo. Porque entonces creerá en ella.
Estoy enfermera señor, enferma. Deliro constantemente. Permanentemente pensando en los cuerpos que chocan, en jadeos, y en pechos sonrosados. Dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera, dentro de ti… Y en una mano que se hunde, que me atraviesa, y me traspasa, como una espada. Y en la aureola de tu vientre. ¡Ay señor! ¡La violencia del amor se ha desatado! ¡Ay señor! ¡El zarpazo del amor me ha alcanzado! Y mira mis manos, aquí te las enseño, y te las entrego. En ellas esta el olor de las prisas, y de las flores que se rompen y estallan. Perdóname señor, por haber atracado su enigma. Pero ahora por favor, ayúdame,¡ayúdame!, y calma mi sed. Y domestica mi amor. Pues no tengo fuerzas suficientes, señor para aguantarlo, para sostener a este monstruo llamado AMOR. Arráncalo de mí. Quítalo de mí. Y corta su recuerdo. Señor, yo sólo quiero ser libre.
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