Tenía apenas veinte años, y a duras penas conocía el mundo de los adultos. Era su belleza algo insultante, algo que rozaba incluso la insolencia, y la provocación. Además tenía ella ese descaro juvenil, y fresco, que queda impune por la inexperiencia. Y dentro de ella, residía la bravura y el fuego ardiente de quien tiene apenas veinte años, de quien tiene aún toda la vida por delante, de quien aún no entiende ni distingue el mal del bien, porque su vida es inocencia, porque dentro de sus ojos tan sólo habita la utopía.
Estoy enfermera señor, enferma. Deliro constantemente. Permanentemente pensando en los cuerpos que chocan, en jadeos, y en pechos sonrosados. Dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera, dentro de ti… Y en una mano que se hunde, que me atraviesa, y me traspasa, como una espada. Y en la aureola de tu vientre. ¡Ay señor! ¡La violencia del amor se ha desatado! ¡Ay señor! ¡El zarpazo del amor me ha alcanzado! Y mira mis manos, aquí te las enseño, y te las entrego. En ellas esta el olor de las prisas, y de las flores que se rompen y estallan. Perdóname señor, por haber atracado su enigma. Pero ahora por favor, ayúdame,¡ayúdame!, y calma mi sed. Y domestica mi amor. Pues no tengo fuerzas suficientes, señor para aguantarlo, para sostener a este monstruo llamado AMOR. Arráncalo de mí. Quítalo de mí. Y corta su recuerdo. Señor, yo sólo quiero ser libre.
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