Tenía apenas veinte años, y a duras penas conocía el mundo de los adultos. Era su belleza algo insultante, algo que rozaba incluso la insolencia, y la provocación. Además tenía ella ese descaro juvenil, y fresco, que queda impune por la inexperiencia. Y dentro de ella, residía la bravura y el fuego ardiente de quien tiene apenas veinte años, de quien tiene aún toda la vida por delante, de quien aún no entiende ni distingue el mal del bien, porque su vida es inocencia, porque dentro de sus ojos tan sólo habita la utopía.
Que llegue la noche, que llegue la noche… que su manto oscuro me proteja, Que su luna blanca amanse mis fieras, y mis aullidos de pena que ya no quiero pensarla, ni desearla. Que ya… Que ya me cansé de amarla.
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