Son las 7:00 de la mañana. Suena el despertador, y Victoria alarga la mano para detener la alarma. Se despereza entre las sábanas estirando los minutos de un mañana escuálido de emociones, y es después de haberse repetido de manera obstinada “venga que tú puedes”, “venga que ya es la hora”, decide levantarse. Pone sus pies sus pies descalzos en el nuevo día. Y es el frío de las baldosas quien le da la bienvenida, y es ese un frío acogedor, cómodo y agradable, un frío que la recuerda que está viva, que todavía tiene todo un día por delante. Hoy, ya ven, a Victoria le toca volver a la rutina, a la insidiosa y tediosa monotonía de los días grises. Hoy Victoria retorna al trabajo, pero antes de todo, antes de dejarse engullir por la costumbre, y los días prefabricados, decide prepararse su último placer. Se piensa cada gesto, y cada movimiento que realiza, despidiéndose así de la buena vida. Lo hace poco a poco. A conciencia. Coge una naranja. Y después otra, y otra. Así hasta cuatro. Ya tiene listo su zumo de naranja. Después enciende la sartén, y pone el pan a tostar. Lo vigila con cautela para quitarlo en su punto. En el momento justo, y será cuando ya el fuego lo empiece a ensuciar de negro, cuando lo empiece a encapotar de azabache y escupa humo, ese será el momento. Y así lo hace. Y después en la esquina de su ciudad vecina, le espera el aburrimiento, y ese sentimiento de inutilidad del que no se puede desprender por mucho que insista y quiera. A veces, le gustaría tener una caja donde hubieran un millón de recetas mágicas, especiales para cada uno, para cada personita que pasa por sus manos, y enmendar el canto trágico de sus vidas, y su paso errabundo y amargo, pero ya ven, Victoria es humana y no posee esa caja, ni ninguna fórmula extraordinaria para resolver el quebranto de su destino. Y por eso se siente impotente, inútil, innecesaria… porque lo único que puede hacer es escucharles. Tan sólo eso.
Me desvanezco en la nada. No tengo historias. Las palabras han emigrado. Las ideas se han quedado afónicas. No puedo hacer que estalle la primavera en las letras. Nada. Tan sólo goteo rabia. No quiero a nadie. A nadie. Tengo todos los sentidos muertos. Pervertida en la demolición. Sulfatada en la inclemencia de la atrocidad. Me atraganto de tanta maldad. El inferno crece en mí. Me recreo en la inmundicia. Me revuelco en el estiércol. Tan sólo me salen exabruptos de ácido sulfúrico. Tengo la sangre empapada de cólera. Y sucia. Es la mía una sangre que se levanta, que se pone en pie de tanta rabia condensada. Tengo demasiado ruido dentro, tanto que no puedo pensar. Camino y camino y no se hace el futuro. Camino y no me alejo de ésta náusea que me acecha. Soy el lirismo de las babas. Un deseo putrefacto. Tengo el corazón incendiado. Necesito silencio. Necesito una isla. Hoy van a estallar los cohetes. Y yo quiero estallar con ellos. Ser pólvora. Y nada más.
Comentarios
ains, cómo cuesta levantarse a veces :-)
gracias por la visita
Besos,
Vanessa
PD: Que bueno desayunar un zumo de naranja natural...