No sabes cómo expulsar toda la mierda que llevas dentro, que tienes condensada en tu interior, que has ido sumando, acumulando, amontonando día tras día… Incluso tienes la espalda torcida de todo el peso que acarreas. Lo peor de todo, es que son decisiones que te las podrías haber ahorrado, que son pesos innecesarios, inútiles y pueriles, que lo único que sirven es para mantener tu imagen intacta, para mostrar a los demás el retrato tuyo de ser la más perfecta, y la más increíble. Pero no, Victoria, a mi no me engañas. A mi no me puedes estafar. Sabes perfectamente que en el fondo, eres un ser mediocre y pusilánime. No destacas en nada. Absolutamente en nada. No eres ni una gran hermana. Ni una gran trabajadora. Ni una gran amiga. Además recuerda, también eres una cobarde. Eres incapaz de dar un salto, que digo yo, un salto no, un paso para poder alcanzar tus sueños, y tus ilusiones infantiles. Prefieres que se pudran en tu interior, que se consuman, porque temes fracasar. Porque piensas que es mejor no dar ningún paso, porque piensas que es mejor proseguir en esta zona cómoda, donde poco a poco el tiempo te va erosionando, y desgastando, justamente esas ilusiones que ahora son tan diminutas, y exánimes, o quizás demasiado inalcanzables. ¿Recuerdas la primera vez que fuiste sola a Barcelona, allí a la gran urbe, a la ciudad condal? Tenías 18 años recién estrenados. 18 años que preconizaban el salto a nueva vida, a una nueva etapa: la de los adultos. Y allí con tu cuerpo aún imberbe te paraste en la línea verde, concretamente en Maria Cristina, y al salir, te topaste con tu destino, y con tu delirio. Después ese porvenir, se convertiría en tu peor pesadilla, y tu mayor enemigo, pero para eso necesitaste tiempo, para eso necesitaste saborear la realidad, conocer tus limites, y esa personalidad tuya tan anodina y gris. Para eso necesitaste reconocer tu falta de voluntad y tu poca destreza con la pluma. Pero espera, no nos desviemos del tema. Aquel día cuando saliste de aquella parada de metro, te encontraste con un edificio inmenso, basto y ancho, o por lo menos, aquellos ojos aún vírgenes, acostumbrados a las casas de dos pisos, a las casas caladas, blancas y bajas, lo vieron así. En aquel edifico la hiedra invadía todo su contornos. Todos los balcones estaban poblados de ellas. Era como si las plantas lloraran. Extendían sus ramificaciones de manera desmesurada por la azotea, por las terrazas y los miradores. Brotaban por todos los lados. Se caían por todos los lados. Era un edificio preso en las garras de la naturaleza. La vida verde habitaba dentro de él, y por mucho que pretendiera escupirla, deshacerse de ella, era imposible. Y por encima de toda aquella vegetación un rótulo, toda una conjunción de letras que tendría en ti un efecto demoledor: Planeta. Así que aquel edificio, el primer edificio que viste cuando saliste al exterior, fue el de la editorial Planeta. De repente te asalto un pensamiento, que sabía dulce, y que por aquel entonces, era blando, suave e inofensivo, y que además en su interior se desplegaba la promesa de un futuro ancho y frondoso. Pensaste que estaría bien trabajar allí, o mejor aún, pensaste que querías ser escritora, que no estaría nada mal hacer un libro, una novela, o algo así. Que tú en el fondo no querías desatascar las tuberías del alma y dedicarte a su curación. No. Tú querías hacer algo que emocionara, algo que hiciera vibrar a la gente, algo que pudiera quedar para el recuerdo y la posteridad. No querías ser como los demás. Huías de manera obsesiva caer en la vulgaridad más espartana. Eludías de manera tozuda cualquier atisbo que se pudiera parecer a un destino demasiado desgastado por la cotidianidad, sí ya sabes, crecer, tener hijos y después morir. Para ti, eso era un guión demasiado repetido, demasiado manoseado por las otras, porque sería a las otras a quien les pertenecía, pero no a ti. Porque tú desde aquel instante tú quisiste ser diferente. Tú desde aquel día llevas pegado el sueño de ser escritora. De eso ya han pasado diez años. En ese tiempo a lo único a lo que te has dedicado ha sido en engullir literatura. Te has comprado todos los libros habidos y por haber, desde los rusos, hasta los románticos, desde el realismo sucio, hasta los poetas gitanos. Pero es inútil. No sirve de nada. Cualquier intento que realices sabes que lleva la marca del fracaso, porque el talento no se puede robar, porque tú nunca serás ni Benedetti. Ni tampoco Lorca. No tienes un don. Y los dones no se pueden robar. Ni tampoco se contagian, ni surgen por mucho que leas. No están en sus páginas. Reconócelo y acepta tu sino. Eres otra más. Eres otro mortal más. Reconócelo, aunque duela. Porque no eres ni una buena hija, ni una gran hermana. Ni una gran trabajadora. Ni una gran amiga. Nada. Así que mucho menos una escritora, y ya no digo de renombre, sino una escritora con algo apto para ser digerido y publicado. Reconócelo: no sabes cómo derramar historias, cómo transformar la pena o la alegría en palabras, así que venga, deja el sueño, ese sueño que ahora mismo tiene un estado deplorable. ¡Míralo! Si está escuálido y desprende un fuerte olor a azufre. Es algo apestoso, fétido y esta lleno de grasa. ¿Es eso lo que quieres? ¿Es eso por lo que luchas? Creo que es hora de abandonar. Además, otra cosa, te recuerdo que eres una cobarde, porque a día de hoy, y después de diez años aún no le has dicho a nadie esa verdad que te asalto de manera imprevista aquel día en Barcelona, porque ese burdo secreto que guardas, en el fondo lo encuentras algo demasiado etéreo y quimérico, algo demasiado superfluo, que no te permitirá vivir de una manera digna. También piensas en los demás. En las murmuraciones que se empezarían a generar si lo manifestaras. Seguramente se enfrascarían en una conversación diciéndote que tienes demasiadas ínfulas, que eso es cosa de vividores, de gente bohemia, y gandula. Por eso, quizás ni tan siquiera has forzado el músculo de la voluntad para realizar una burda novela, o un mísero cuento. Nada. No has hecho nada. Tan sólo una cosa: Odiarte. Y hoy no ha sido una excepción. Hoy también has decidido odiarte.
Que llegue la noche, que llegue la noche… que su manto oscuro me proteja, Que su luna blanca amanse mis fieras, y mis aullidos de pena que ya no quiero pensarla, ni desearla. Que ya… Que ya me cansé de amarla.

Comentarios
No mereces tanto odio,persigue tus sueños(sin perder la realidad)sean bohemios o no.Haz lo que pienses,desde el respeto y la confianza,y serás feliz.
Fluye con la vida.
Un abrazo lleno de buena energía!
ICO, y tanto! Es necesario escribir, porque nos apetece, porque es lo queremos, sin ninguna otra pretensión, más que esa, y si gustamos... Pues... ¿qué mas se puede pedir?
NOELIA, gracias! A mi también el tuyo me gusto. Lo encontré interesante.
MATT, energía recibida :), y gracias por tus palabras. A veces, los alter egos que tenemos son tenebrosos y oscuros, y a veces, se dedican a falsear la verdad, y no se auto-odian tanto. La cuestión es que no te ganen la partida.