Victoria anda cansada. Devastada. Desolada. Congestionada de tristeza, de una tristeza que la golpea incesantemente, constantemente, de una tristeza demoledora que la impide avanzar, que la impide avanzar con equilibrio, y con paso ligero. Lo dicho, Victoria anda pulverizada por la tristeza, y no sabe cómo quitársela, no sabe como arrancársela de encima, como exterminarla, como sacudírsela, porque es que siempre vuelve otra vez a cometer los mismos errores, los mismos errores, las mismas catástrofes. Esta herida de silencio. Y sólo tiene ganas de llorar, ganas de escupir esa maldita y dañina tristeza…. Pero es que ni tan siquiera eso le sale, es que ni tan siquiera es capaz de iniciarse en el llanto de la angustia y la agonía… Y es que después, después está esa primavera que no llega, esa primavera que no se revela, que no se muestra… Y el invierno que la arrasa dentro, que la destruye y la aniquila aún más por adentro… Pobre Victoria… pulverizada por la tristeza…. Piensa en el futuro, en la incertidumbre del destino, y no se ve. No tiene ninguna imagen de Victoria… Pobre Victoria…
Que llegue la noche, que llegue la noche… que su manto oscuro me proteja, Que su luna blanca amanse mis fieras, y mis aullidos de pena que ya no quiero pensarla, ni desearla. Que ya… Que ya me cansé de amarla.
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