Victoria ha tenido una semana sin sobresaltos. No ha sentido ni el temblor de la vida, ni el estremecimiento de la agonía. Parece, ya ven, que la NADA, ha sido el fin de su etapa. Parece, además, que ha visto pequeños destellos, es como si la palabra esperanza, por fin, la empezará a silbar, que la empiece a pronunciar bajito, muy bajito. Parece que por fin, ha encontrado la piedad en la noche, parece que es ahí, justamente en la oscuridad cuando empieza a creer, a prometerse una nueva vida, una vida más cercana a su nombre… Quizás es porque de repente, y sin previo aviso, ha decidido AMAR. Sin lógica, y con convicción. Así que ahora Victoria, AMA… Porque sin saber por qué, ha empezado a amar, desesperadamente, y de una manera ardiente, a la mujer sin nombre, a la mujer que tan sólo es un pronombre, porque es ELLA… ELLA… la mujer que un día se cruzará con su mirada… y ambas sentirán un tsunami, un terremoto dentro de ellas, porque el relámpago humano les habrá atravesado.
Estoy enfermera señor, enferma. Deliro constantemente. Permanentemente pensando en los cuerpos que chocan, en jadeos, y en pechos sonrosados. Dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera, dentro de ti… Y en una mano que se hunde, que me atraviesa, y me traspasa, como una espada. Y en la aureola de tu vientre. ¡Ay señor! ¡La violencia del amor se ha desatado! ¡Ay señor! ¡El zarpazo del amor me ha alcanzado! Y mira mis manos, aquí te las enseño, y te las entrego. En ellas esta el olor de las prisas, y de las flores que se rompen y estallan. Perdóname señor, por haber atracado su enigma. Pero ahora por favor, ayúdame,¡ayúdame!, y calma mi sed. Y domestica mi amor. Pues no tengo fuerzas suficientes, señor para aguantarlo, para sostener a este monstruo llamado AMOR. Arráncalo de mí. Quítalo de mí. Y corta su recuerdo. Señor, yo sólo quiero ser libre.
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