Victoria ha quedado. Ha decidido encontrarse con Helena. Tiene ganas de verla. De hablarle y contarse. Han quedado para tomarse un café. Un café con leche. En vaso y con sacarina. O un cortado. O quizás un té o una tila. Porque Victoria nunca dirá: ¿quedamos para tomar una cerveza?. No. Y no lo dirá tan sólo por una simple razón. Desconfía de la cerveza. De las rubias y las negras. Les tiene miedo. Miedo al descontrol. O quizás, miedo a sentir. A que la cerveza desvele la verdadera Victoria, a que la cerveza desate su furia, su rabia, y toda la vida que le corre por dentro. Y así Victoria se está convirtiendo en un simulacro de existencia, aunque ella no lo sepa, o no lo quiera admitir. Porque Victoria es feliz en el mundo de los cuchillos que no cortan, y el fuego que no quema. O eso cree. Para el resto, para los demás, es una chica afortunada. Intrépida, apasionada y locuaz. Pero la realidad es otra. Y la verdad muy diferente y distinta. Porque Victoria teme la vida. Huye de la vida. Y de todo lo que no pueda controlar. Por eso aquella tarde pidió un café con leche. Otra vez. Como siempre…
Estoy enfermera señor, enferma. Deliro constantemente. Permanentemente pensando en los cuerpos que chocan, en jadeos, y en pechos sonrosados. Dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera, dentro de ti… Y en una mano que se hunde, que me atraviesa, y me traspasa, como una espada. Y en la aureola de tu vientre. ¡Ay señor! ¡La violencia del amor se ha desatado! ¡Ay señor! ¡El zarpazo del amor me ha alcanzado! Y mira mis manos, aquí te las enseño, y te las entrego. En ellas esta el olor de las prisas, y de las flores que se rompen y estallan. Perdóname señor, por haber atracado su enigma. Pero ahora por favor, ayúdame,¡ayúdame!, y calma mi sed. Y domestica mi amor. Pues no tengo fuerzas suficientes, señor para aguantarlo, para sostener a este monstruo llamado AMOR. Arráncalo de mí. Quítalo de mí. Y corta su recuerdo. Señor, yo sólo quiero ser libre.
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