Hoy a Victoria, esa felicidad prematura, y recién estrenada le tiembla, y le tirita entre las manos. Era la suya una felicidad pequeña, que ha ido encogiendo a medida que han avanzado estos días. Y ahora está felicidad tan chiquita, tan sola y desamparada, tan sólo depende de ella, y de sus manos, para continuar en este mundo inmenso, y tan denso. Y tiene miedo. Miedo a que se le escurre, que se le escape, que se disipe, y que tenga que volver otra vez al inicio, al principio de todo, a la angustia y la desolación. Por eso ha ido a la nevera, sin titubeos, y ha cogido una tableta de chocolate. Y después otra. Y también una magdalena, y un bizcocho, y después la bolsa entera. Y sí, Victoria ha empezado a deglutir, a engullir, a devorar todo lo que encontraban sus ojos, de una manera desesperada y tenaz, con la única intención, con el único objetivo de que su felicidad pesará más y más, y que así no se esfumará. Pero tanto la hinchó que al final reventó, y estalló su llanto.
Estoy enfermera señor, enferma. Deliro constantemente. Permanentemente pensando en los cuerpos que chocan, en jadeos, y en pechos sonrosados. Dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera, dentro de ti… Y en una mano que se hunde, que me atraviesa, y me traspasa, como una espada. Y en la aureola de tu vientre. ¡Ay señor! ¡La violencia del amor se ha desatado! ¡Ay señor! ¡El zarpazo del amor me ha alcanzado! Y mira mis manos, aquí te las enseño, y te las entrego. En ellas esta el olor de las prisas, y de las flores que se rompen y estallan. Perdóname señor, por haber atracado su enigma. Pero ahora por favor, ayúdame,¡ayúdame!, y calma mi sed. Y domestica mi amor. Pues no tengo fuerzas suficientes, señor para aguantarlo, para sostener a este monstruo llamado AMOR. Arráncalo de mí. Quítalo de mí. Y corta su recuerdo. Señor, yo sólo quiero ser libre.
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