Hoy a Victoria, esa felicidad prematura, y recién estrenada le tiembla, y le tirita entre las manos. Era la suya una felicidad pequeña, que ha ido encogiendo a medida que han avanzado estos días. Y ahora está felicidad tan chiquita, tan sola y desamparada, tan sólo depende de ella, y de sus manos, para continuar en este mundo inmenso, y tan denso. Y tiene miedo. Miedo a que se le escurre, que se le escape, que se disipe, y que tenga que volver otra vez al inicio, al principio de todo, a la angustia y la desolación. Por eso ha ido a la nevera, sin titubeos, y ha cogido una tableta de chocolate. Y después otra. Y también una magdalena, y un bizcocho, y después la bolsa entera. Y sí, Victoria ha empezado a deglutir, a engullir, a devorar todo lo que encontraban sus ojos, de una manera desesperada y tenaz, con la única intención, con el único objetivo de que su felicidad pesará más y más, y que así no se esfumará. Pero tanto la hinchó que al final reventó, y estalló su llanto.
Que llegue la noche, que llegue la noche… que su manto oscuro me proteja, Que su luna blanca amanse mis fieras, y mis aullidos de pena que ya no quiero pensarla, ni desearla. Que ya… Que ya me cansé de amarla.
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