Hoy a Victoria, esa felicidad prematura, y recién estrenada le tiembla, y le tirita entre las manos. Era la suya una felicidad pequeña, que ha ido encogiendo a medida que han avanzado estos días. Y ahora está felicidad tan chiquita, tan sola y desamparada, tan sólo depende de ella, y de sus manos, para continuar en este mundo inmenso, y tan denso. Y tiene miedo. Miedo a que se le escurre, que se le escape, que se disipe, y que tenga que volver otra vez al inicio, al principio de todo, a la angustia y la desolación. Por eso ha ido a la nevera, sin titubeos, y ha cogido una tableta de chocolate. Y después otra. Y también una magdalena, y un bizcocho, y después la bolsa entera. Y sí, Victoria ha empezado a deglutir, a engullir, a devorar todo lo que encontraban sus ojos, de una manera desesperada y tenaz, con la única intención, con el único objetivo de que su felicidad pesará más y más, y que así no se esfumará. Pero tanto la hinchó que al final reventó, y estalló su llanto.
Me desvanezco en la nada. No tengo historias. Las palabras han emigrado. Las ideas se han quedado afónicas. No puedo hacer que estalle la primavera en las letras. Nada. Tan sólo goteo rabia. No quiero a nadie. A nadie. Tengo todos los sentidos muertos. Pervertida en la demolición. Sulfatada en la inclemencia de la atrocidad. Me atraganto de tanta maldad. El inferno crece en mí. Me recreo en la inmundicia. Me revuelco en el estiércol. Tan sólo me salen exabruptos de ácido sulfúrico. Tengo la sangre empapada de cólera. Y sucia. Es la mía una sangre que se levanta, que se pone en pie de tanta rabia condensada. Tengo demasiado ruido dentro, tanto que no puedo pensar. Camino y camino y no se hace el futuro. Camino y no me alejo de ésta náusea que me acecha. Soy el lirismo de las babas. Un deseo putrefacto. Tengo el corazón incendiado. Necesito silencio. Necesito una isla. Hoy van a estallar los cohetes. Y yo quiero estallar con ellos. Ser pólvora. Y nada más.
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