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Ironías de la vida

Estoy preñada de palabras. De palabras malolientes y putrefactas. De sueños nauseabundos que nunca verán la realidad. De malditos sueños imposibles. Porque cada segundo que pasa, cada instante que sobrevuela en mi existencia me recrimino mi deplorable escritura. Por eso leo. Leo a decenas. A montones. Con glotonería y de manera impúdica con la pequeña y vana esperanza que así se me contagiará algo de esas líneas, que entonces me brotará la imaginación y me empezarán a asaltar las ideas de manera vertiginosa. Pero sucede que no sucede. Que no sucede nada. Que no ocurre nada, y continúo mirando de manera impávida esta vida no vivida. Soy sí, ironías de la vida, que ya dije en el post anterior, una heredera de la derrota. Y es que quizás tengo tanto miedo a la vida, tanto miedo a vivirla intensamente, de hundirme en ella, y vivir al borde del precipicio, al borde del abismo, que he apostado por el vacio, y sublevarme con lo único que me atrevo y sé. Con mi propio nombre.

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