Estoy preñada de palabras. De palabras malolientes y putrefactas. De sueños nauseabundos que nunca verán la realidad. De malditos sueños imposibles. Porque cada segundo que pasa, cada instante que sobrevuela en mi existencia me recrimino mi deplorable escritura. Por eso leo. Leo a decenas. A montones. Con glotonería y de manera impúdica con la pequeña y vana esperanza que así se me contagiará algo de esas líneas, que entonces me brotará la imaginación y me empezarán a asaltar las ideas de manera vertiginosa. Pero sucede que no sucede. Que no sucede nada. Que no ocurre nada, y continúo mirando de manera impávida esta vida no vivida. Soy sí, ironías de la vida, que ya dije en el post anterior, una heredera de la derrota. Y es que quizás tengo tanto miedo a la vida, tanto miedo a vivirla intensamente, de hundirme en ella, y vivir al borde del precipicio, al borde del abismo, que he apostado por el vacio, y sublevarme con lo único que me atrevo y sé. Con mi propio nombre.
Me desvanezco en la nada. No tengo historias. Las palabras han emigrado. Las ideas se han quedado afónicas. No puedo hacer que estalle la primavera en las letras. Nada. Tan sólo goteo rabia. No quiero a nadie. A nadie. Tengo todos los sentidos muertos. Pervertida en la demolición. Sulfatada en la inclemencia de la atrocidad. Me atraganto de tanta maldad. El inferno crece en mí. Me recreo en la inmundicia. Me revuelco en el estiércol. Tan sólo me salen exabruptos de ácido sulfúrico. Tengo la sangre empapada de cólera. Y sucia. Es la mía una sangre que se levanta, que se pone en pie de tanta rabia condensada. Tengo demasiado ruido dentro, tanto que no puedo pensar. Camino y camino y no se hace el futuro. Camino y no me alejo de ésta náusea que me acecha. Soy el lirismo de las babas. Un deseo putrefacto. Tengo el corazón incendiado. Necesito silencio. Necesito una isla. Hoy van a estallar los cohetes. Y yo quiero estallar con ellos. Ser pólvora. Y nada más.
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