Victoria ha ido a Correos. Ha ido a la oficina de su pueblo para enviarle un regalo a Carmen. Un regalo que lleva ya una semana de retraso, pero Victoria no se lo ha podido remitir antes. Ha estado muy liada con sus estudios y trabajo. Y es que en esa semana, se olvido de los otros, incluso de ella misma. Pero hoy Victoria ha intentado enmendar ese error, ese funesto descuido y tan trágico olvido. Y ahí estaba ella, con su regalo y su carta. Y es que a Victoria, la oficina de Correos le parece un lugar entrañable e intimo, un lugar de confidencias, donde se esconden multitud de sensaciones, y donde habita el amor, donde todo lo ocupa, y todo lo desborda, porque Victoria se imagina que allí hay un millón de postales, o quizás más Victoria se imagina y piensa que un millón de enamorados se han escrito para hablar de la necesidad del otro, de esa ausencia tan dolorosa, desgarrada, aguda y punzante, de ese drama de estar sin ser, porque te falta el otro, el nombre del otro… y por eso le escribes, y por eso cuando empezamos una carta ponemos arriba de todo, en el encabezamiento una palabra subrepticia, la palabra QUERIDA, que lleva escondido el verbo cálido y salvaje. Eso piensa Victoria. Y por eso, desea y piensa, que si alguna vez, si alguna vez en la vida, su otro yo, si ELLA, la que aún no tiene nombre, le pide que se case, y si está lejos, muy lejos, quizás en otro país, o conociendo cualquier ciudad con sus amigas, que le escriba un Telegrama para decírselo y pedírselo. Porque ELLA, la sin nombre, se acaba de dar cuenta que los monumentos, y los cuadros no le importan, porque le ha invadido una necesidad feroz e indómita. Porque se acaba de dar cuenta de lo que la verdad importa: que la quiere desesperadamente. A rabiar. Y que se lo quiere decir. Y ya. Por eso le escribe un Telegrama, porque es lo más urgente y necesario en ese momento. En ese justo y mismo instante.
P.D. Volví ;-). (Tienes un email ;-))
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