Victoria anda cansada. Desgastada y algo consumida. Se ha convertido en una autómata de la realidad. Y es que Victoria, ahora mismo, en estos momentos, en estos instantes de su vida, se ha quedado sola. Vacía. Hueca. Sin ilusiones. A eso que le llaman “el sentido de la vida”, misión, o destino, le ha dejado huérfana. No sabe qué hace en este mundo. A veces le asaltan unas ganas irrefrenables de tirarlo todo por la borda, y montar una empresa, una pequeña sociedad, y empezar a salvar vidas, rescatar almas errantes, y recoger la angustia que deambula por la calle y hacer algo. Piensa que estaría bien ensanchar la mirada de la gente, y también sus sueños. Incluso ha pensado como se podría llamar, tiene el nombre y todo, pero Victoria no lo hace. No sabe como hacerlo. Ella se dice, y se repite constantemente que todo es cuestión de dinero, que todo es cuestión de pasta, y que entonces cuando le toque la lotería todo cambiará. Mientras tanto, Victoria continua mareando sus pensamientos, y prosigue con su mísera vida, y con su queja… Porque Victoria esta cansada del invierno, y sobretodo de ser invierno… Porque Victoria, ahora mismo, tiene todos los sueños, congelados, y entumecidos. Porque ahora mismo Victoria, lleva una vida demasiado fría. Demasiado distante del mundo, y de la gente. Pero es que ahora mismo, no sabe lo que quiere y necesita estar sola con su soledad. Centrarse. Encontrar el equilibrio, un equilibrio que nunca ha tenido, y que duda mucho, si algún día lo descubrirá. Quizás con la música, quizás con la música lo encuentre, porque es justamente en el oído donde está el equilibrio….
Estoy enfermera señor, enferma. Deliro constantemente. Permanentemente pensando en los cuerpos que chocan, en jadeos, y en pechos sonrosados. Dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera, dentro de ti… Y en una mano que se hunde, que me atraviesa, y me traspasa, como una espada. Y en la aureola de tu vientre. ¡Ay señor! ¡La violencia del amor se ha desatado! ¡Ay señor! ¡El zarpazo del amor me ha alcanzado! Y mira mis manos, aquí te las enseño, y te las entrego. En ellas esta el olor de las prisas, y de las flores que se rompen y estallan. Perdóname señor, por haber atracado su enigma. Pero ahora por favor, ayúdame,¡ayúdame!, y calma mi sed. Y domestica mi amor. Pues no tengo fuerzas suficientes, señor para aguantarlo, para sostener a este monstruo llamado AMOR. Arráncalo de mí. Quítalo de mí. Y corta su recuerdo. Señor, yo sólo quiero ser libre.
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